POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 127

Un país con dos almas

ÁNGELES ESPINOSA
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En Irán nada es lo que parece. Con una de las sociedades civiles más vibrantes de la región, la imagen exterior del país no corresponde con exactitud a la realidad. Jóvenes y mujeres se han convertido en los abanderados de la reforma y la apertura de la República Islámica.

Cualquier viernes por la mañana el cementerio de Behesht-e-Zahra, al sur de Teherán, se convierte en un hervidero de familias que acuden a honrar a sus muertos. No sólo llevan flores y utensilios para limpiar las tumbas, sino también cestas de comida, teteras y mantas, dispuestas a pasar el día en su compañía. Esa relación tan cercana de los iraníes con los que se han ido de este mundo adquiere su paroxismo en la sección del camposanto dedicada a los mártires de la “guerra impuesta”, el sangriento conflicto armado que entre 1980 y 1988 enfrentó a su país con Irak y les arrebató cientos de miles de vidas. Allí, entre los espíritus de los jóvenes muertos (la mayoría todavía imberbes según muestran sus fotografías), se capta la esencia de un Irán impenetrable a los ojos occidentales.

Fue aquella guerra la que conformó en gran medida la República Islámica de Irán tal como hoy la conocemos; mucho más que la revolución que hace 30 años desalojó al sah Mohamed Reza Pahlevi del trono del pavo real, y cuyo carácter de liberación popular quedó enseguida eclipsado por la toma de la embajada de Estados Unidos. El esfuerzo bélico permitió el secuestro de la revolución a manos de los islamistas más radicales en detrimento de liberales, comunistas y otros grupos que también apoyaron con entusiasmo el derribo del tirano. La necesidad de unir fuerzas frente al enemigo común justificó las purgas y los pogromos. El sueño de una sociedad más justa que había sacado…

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