Autor: Ana Messuti (Ed.)
Editorial: Postmetrópolis
Fecha: 2019
Páginas: 224
Lugar: Madrid

Una memoria para los jóvenes

La Memoria Histórica tiene más de presente que de pasado. Es un pasado que se “presentifica” porque no ha habido una reparación ni un reconocimiento de los crímenes cometidos durante la guerra civil y la dictadura.
GUILLERMO REBOLLO MÁRQUEZ
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A primera vista, resulta curioso que un libro sobre Memoria Histórica en España este escrito por jóvenes y argentinos. Construyendo Memorias entre Generaciones, editado por Ana Messuti, abogada de la Querella Argentina por los crímenes del franquismo, recoge el relato de seis investigadores y de cómo sus vidas se fueron entrelazando con las asociaciones memorialistas. Este no es un libro sobre Memoria Histórica, sino sobre la nueva memoria histórica; la que estos jóvenes están construyendo a través de sus investigaciones y que busca reconstruir unos relatos que la historia oficial no refleja.

Además, es un libro impulsado desde Argentina. El detalle es muy importante. A pesar de la labor de las asociaciones españolas, estas han sido abandonadas por el Estado, quien se ha negado a lo largo de estos años a “reabrir las heridas del pasado”, mientras –paradójicamente– la judicatura española investigaba crímenes contra los Derechos Humanos de dictaduras como Argentina, Chile o Guatemala.

Como presenta Ana Messuti en el prólogo, la obra que intenta explicar por qué es importante la Memoria Histórica, por qué debemos indagar en el pasado de España, y sobre todo, por qué eso nos afecta hoy en día. Así, la Memoria Histórica tiene más de presente que de pasado. Es un pasado que se “presentifica” porque no ha habido una reparación ni un reconocimiento de los crímenes cometidos durante la guerra civil y la dictadura. España es, después de Camboya el segundo país del mundo con más desapariciones forzadas como delito de lesa humanidad. Todas estas personas desaparecidas son presente. Al igual que los bebés robados que aún a día de hoy no conocen su identidad, las construcciones realizadas por prisioneros obligados a trabajos forzosos, los empresarios que se beneficiaron de la dictadura y los torturadores que aún viven en nuestra sociedad.

Como afirma Marina Montoto Ugarte, doctora en Antropología y Sociología, se ha establecido en España la idea de que no se debe remover el pasado. Cualquier persona que trate de investigar sobre los crímenes del franquismo está “traicionando el espíritu de reconciliación y el pacto de consenso, perdón y olvido”. Es la política de no memoria. Sin embargo, todo Estado tiene una política de memoria, y el hecho de no querer investigar el pasado manifiesta la nula voluntad política que ha existido por reconocer y reparar los crímenes que muchas personas sufrieron y siguen sufriendo.

Las instituciones españolas se han mostrado reticentes a investigar y juzgar aquellos crímenes. Muestra de ello son los cero euros destinados para la Ley de Memoria Histórica en los Presupuestos Generales del Estado presentados por el Partido Popular en 2018. A esto hay que sumarle la negativa de la justicia española a investigar los hechos sucedidos, argumentando que son delitos que están prescritos o que debido a la ley de amnistía de 1977 no pueden ser juzgados.

Estas explicaciones no son válidas a ojos de Alejandro Lerena García, colaborador en la Querella Argentina. Este abogado hace una presentación magistral para lectores poco familiarizados con el derecho sobre por qué los crímenes internacionales, recogidos en tratados firmados por España, no prescriben y por qué la Ley de amnistía de 1977 no es aplicable a este tipo de delitos. Toda esta inactividad ha llevado a las Naciones Unidas a llamar la atención reiteradamente a España por desoír las recomendaciones hechas por el Grupo de Trabajo sobre las desapariciones forzadas y el relator especial de la ONU para facilitar el acceso a la verdad, a la justicia y la reparación de los familiares de las víctimas desaparecidas durante la guerra civil y la dictadura.

Llegamos así a la cuestión principal: ¿para qué investigar la Memoria Histórica? La primera respuesta ya se ha mencionado anteriormente: por el derecho de las víctimas, reconocido en los tratados internacionales firmados por España, de conocer la verdad, de que se les otorgue justicia y que se les reconozca su sufrimiento. La segunda respuesta no es tan sencilla. Montoto lo expresa muy bien a través de su relato sobre cómo conoció a la figura de Mari Luz Nájera, una estudiante fallecida en 1977 por el impacto de un bote de humo en la cabeza lanzado por la policía franquista durante la transición. Mari Luz Nájera no fue la única que perdió la vida en aquellos años. Este relato difiere mucho del instalado en la sociedad española sobre una transición pacífica y modélica. Lo mismo ocurre con cómo se narra la guerra civil: “un drama humano y fratricida en el que todos fuimos culpables donde se miraba con equidistancia a los dos bandos, y al franquismo como un mal menor del convulso siglo XX”.

Cómo se entiende el pasado influye en nuestro presente y condiciona el futuro. Si no se investiga ese pasado y se reconstruye esa historia no podremos construir un porvenir más democrático. La Memoria Histórica no reabre heridas, sino que reconoce el sufrimiento de las víctimas y trata de compensarlas para así incluirlas en nuestro presente.

Es la misión de los jóvenes buscar, preguntar y empaparse de todos los relatos del pasado para entender sus orígenes, forjar su identidad y proyectar un futuro más justo y democrático. Como señala el periodista Alejandro Torrús, el filósofo Adorno afirmaba que desde “la gran barbarie que fue el nazismo el ser humano tiene un imperativo categórico que no era otro que orientar su pensamiento y acción para que Auschwitz no se repitiera”. Para impedir que los crímenes del franquismo vuelvan a ocurrir en nuestro país es necesario que se recuerden estos hechos y que los jóvenes reconstruyan una memoria colectiva.