La OTAN no necesita crecer: necesita reformarse, o morir.

La OTAN, a la deriva

Jorge Tamames
 |  13 de mayo de 2015

Que no estaba muerta, que no. El futuro de la OTAN, esa venerable institución, brazo armado de Occidente, la más poderosa alianza militar que la historia haya conocido, etcétera, parecía una incógnita hace tan solo un año. La intervención de Vladimir Putin en Ucrania y las provocaciones rusas en los Estados bálticos y Escandinavia amenazaban con horadar su credibilidad. Con ponerla en evidencia: mucho ruido y pocas nueces en una institución que, desde el final de la guerra fría, ha ganado socios con la misma velocidad con que ha perdido cohesión; y que, en su marcha hacia el este, se ha enemistado irremediablemente con Rusia.

Pero nada de esto ha templado el atractivo de la OTAN. La Alianza continúa flirteando con posibles socios. Montenegro y Macedonia están en la lista de espera, pendientes de una decisión preliminar en diciembre. Suecia y Finlandia están considerando solicitar su ingreso, poniendo fin a décadas de neutralidad en su política exterior. Georgia y Ucrania también quisieran ingresar, aunque las intervenciones rusas en 2008 y 2014 complican enormemente sus candidaturas. En tiempos de crisis, la popularidad de la OTAN no hace más que aumentar.

Pero esta expansión incesante es una muestra de debilidad antes que de fortaleza. Hoy la OTAN ha dejado de ser una alianza basada en criterios estratégicos claros y compartidos. Se comporta más bien como una empresa en crisis, forzada a crecer o morir.

Valga el caso de Montenegro. Un Estado con menos habitantes que Badajoz difícilmente puede considerarse un peso pesado en el mundo de la geopolítica. El país se encuentra en medio de los Balcanes: una región en la que Rusia retiene vínculos políticos y culturales, donde las intervenciones occidentales han constituido una fuente de tensión con Moscú (cuando no de guerras mundiales), y a la que Putin desestabilizará si la confrontación con Occidente persiste. Walter Lippmman observó que las alianzas son como cadenas: los eslabones débiles amenazan con romper su conjunto. ¿Qué gana la OTAN con Montenegro como miembro?

Montenegro es la punta del iceberg. Desde el fin de la guerra fría, la OTAN ha fagocitado la antigua área de influencia soviética en Europa. En 1999 incorporó a Polonia, Hungría y República Checa; en 2004, a Bulgaria, Rumania, Eslovaquia, Estonia, Letonia y Lituania; en 2009, a Albania y Croacia. Con la posible excepción de Polonia, estos socios no son potencias militares como Reino Unido o Francia, ni economías dinámicas como la alemana, ni ocupan regiones con relevancia estratégica, como España o Italia. Son eslabones débiles. Y su pertenencia a la OTAN quiebra la confianza con Moscú. En 1990, la administración de George H.W. Bush prometió a Mijaíl Gorbachov que no ampliaría las fronteras de la Alianza si Rusia aceptaba la reunificación alemana. Hoy Alemania es la principal potencia de Europa, pero la OTAN está a las puertas de Rusia.

La expansión, entendida como una garantía contra posibles agresiones rusas, se presenta difícil de criticar. ¿Estaría Polonia mejor por su cuenta y riesgo, como lo están Ucrania y Georgia? Pero este razonamiento es circular. La “puerta abierta” de la OTAN siempre ha estado cerrada para Rusia, incluso cuando Gorbachov y Boris Yeltsin solicitaron su entrada. Por eso no sorprende que Moscú haya vuelto a considerarla una amenaza. La intervención de Putin en Crimea y la cuenca del Donéts es una respuesta a la expansión de la OTAN antes que un intento de reconstruir la URSS. En vez de garantizar seguridad, la Alianza se ha convertido en una fuente de inestabilidad.

¿Está dispuesta Europa a empezar la tercera guerra mundial para salvar el Artículo 5? Cada vez parece más claro que no. Según Politico, Alemania y Francia se comprometieron a impedir el ingreso de nuevos miembros tras el segundo acuerdo de Minsk. Incluso Polonia se muestra tibia ante la idea de una OTAN expandida. Angela Merkel, que se ha convertido en la principal interlocutora occidental de Putin, se muestra abiertamente crítica con los intentos americanos de militarizar la crisis de Ucrania. El choque entre el intervencionismo de Washington y las reticencias y divisiones de Europa es evidente.

Durante los años noventa, un sinfín de diplomáticos –entre ellos clásicos de la guerra fría, como George Kennan y Paul Nitze– advirtieron del despropósito que suponía ampliar en tiempos de paz las estructuras que dividieron a Europa. Hoy este sinsentido se extiende a la propia razón de ser de la alianza. La OTAN no necesita crecer: necesita reformarse, o morir.

 

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