Los escenarios de la política latinoamericana

Manuel Alcántara Sáez
 |  7 de septiembre de 2016

Cuando el curso comienza, el tablero de la política en América Latina pareciera mostrar un nivel de complejidad difícilmente equiparable al de años anteriores. Distintos procesos políticos larvados en el pasado han superado su punto de inflexión, generando un escenario de cambios profundos con consecuencias muy relevantes para el futuro inmediato. El cambio en la presidencia brasileña en la lógica espuria de parlamentarización de su sistema político y bajo un intenso sentir de profunda crisis económica, junto con la firma de los acuerdos de La Habana –pendientes aún de ratificación popular el 2 de octubre– representan por sí solos dos hitos de gran trascendencia suficientemente analizados.

Pero ellos, que han acaparado la atención de la opinión pública en los días pasados, no deben ocultar al menos cuatro escenarios en los que la política alcanza un gran nivel de tensión. Las movilizaciones callejeras en Venezuela (junto con las contramanifestaciones gubernamentales) para presionar al gobierno de Nicolás Maduro a fin de que implemente efectivamente el procedimiento plebiscitario de la revocatoria del mandato presidencial, se han visto acompañadas de otras similares en Honduras, oponiéndose a la reelección presidencial de Juan Orlando Hernández facilitada por una revisión de la Corte Constitucional de la cláusula de no reelección. Paralelamente, México –cuyo presidente, Enrique Peña Nieto, se hunde en niveles muy bajos de popularidad– es testigo de un cuarto informe presidencial emitido al día siguiente de la desafortunada visita de Donald Trump, como preludio del drama que para el país –y para la región entera– podría suponer en noviembre el triunfo del candidato republicano. Finalmente, Nicaragua camina hacia una farsa electoral el 6 de noviembre con Daniel Ortega concurriendo por tercera vez consecutiva, con una oposición desmantelada por un poder judicial controlado por el ejecutivo.

En el orden de las expectativas, Perú estrena un gobierno que promete mantener cierto nivel de continuismo entre dos administraciones diferentes, como ya ocurrió hace cinco años. Los restantes países amparan este hilo de continuismo con la excepción de Ecuador, donde permanece la incógnita de si el presidente, Rafael Correa, animará o no en el último minuto el cambio constitucional que le habilite a ser candidato presidencial en los comicios de febrero de 2017.

 

Banalización de la democracia

El escenario descrito sugiere que América Latina continúa en una senda peculiar de banalización de la democracia que se configura bajo tres supuestos cuya combinación produce efectos negativos en la evolución hacia una mayor calidad de la democracia. En primer lugar, el persistente predominio de la figura presidencial en el régimen político supone una notable concentración de energía tanto para mantenerse en el poder –de ahí la permanente obsesión por la reelección al tiempo que la oposición busca mecanismos para interrumpir su mandato– como para liderar procesos ambiciosos de cambio vinculados a una suerte de designio refundador, como sería el caso colombiano. En segundo término, los mecanismos de rendición de cuentas se encuentran fuertemente debilitados, bien sea por el imperio de hábitos de actuación no transparentes, de uso torticero de los medios de comunicación o de instancias de responsabilidad horizontal inoperantes. Por último, los partidos políticos se encuentran cada vez más desinstitucionalizados, y su capacidad de generar identidad y de seleccionar a líderes valiosos está bajo mínimos, salpicados además por la corrupción que les lleva a un fuerte sentimiento de desconfianza.

De acuerdo con estos supuestos, incluso la ritualización de las elecciones que habían logrado imponerse como el único mecanismo de llegada al poder parece estar en peligro. La denostada democracia electoral, que efectivamente tiene limitaciones si únicamente se centra en la celebración periódica de comicios, puede verse sometida a un acoso de intereses ajenos a la voluntad popular o, en una dirección contraria, de esta desbocada en la calle.

En este panorama, la visita a cinco países de la región (Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Chile) del ministro iraní de Asuntos Exteriores, Mohamad Yavad Zarif, que hace apenas tres años habría centrado buena parte de la atención mediática ha pasado como un suspiro, evidenciando con claridad el cambio de ciclo de la política latinoamericana ,que comenzó a darse precisamente hace un año cuando el argentino Mauricio Macri ganó el sillón presidencial de la Casa Rosada.

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