La República Popular China ha sido noticia este año por varios e inquietantes motivos.
Ha organizado enérgicas intervenciones militares para respaldar su diplomacia con respecto a Taiwan y el mar de la China meridional; ha transferido tecnología de misiles M-11 a Pakistán y vendido tecnología nuclear a Irán; ha realizado pruebas nucleares y aumentado su presupuesto militar cuando la mayoría de los demás países lo están recortando desde el final de la guerra fría. Ha continuado la represión de disidentes políticos, ha hecho gala de una gran insensibilidad en la organización de la IV Conferencia Mundial de la Mujer y Foro de organizaciones no gubernamentales patrocinada por la ONU y se ha convertido en un interlocutor susceptible en muchas negociaciones internacionales. Uno de los asuntos más importantes que afronta hoy Asia es cómo actuará en la región una China cada vez más fuerte.
Pekín reconoce la importancia de extender sus vínculos económicos con el resto del mundo. La República Popular China (RPCh) ha mantenido un crecimiento económico muy rápido: desde 1978, el producto interior bruto per cápita de más de la quinta parte de la población del globo se ha cuadruplicado. El comercio exterior chino creció más de un 16 por cien anual entre 1978 y 1994 y, excepto en seis, en todos esos años las importaciones sobrepasaron a las exportaciones. Al mismo tiempo, ha experimentado enormes cambios en su economía, desarrollo social y dinámica política.
Estos cambios nacionales, generalmente bien recibidos en el exterior, han alimentado muchos de los problemas que ahora causan preocupación. Han reducido la obediencia por parte de los responsables del país a las directivas de Pekín, han hecho que a los dirigentes chinos les resulte difícil poner en práctica acuerdos internacionales que han firmado sobre cuestiones como los derechos de propiedad intelectual y han…



