La incertidumbre, signo de nuestro tiempo desde la caída del muro de Berlín, singulariza también el proceso de construcción europea. No se percibe con claridad la voluntad política de los Estados miembros de cumplir los compromisos libremente suscritos en el tratado de Maastricht. El mercado interior, entendido como plena libertad de circulación de personas, bienes, servicios y capitales, no acaba de culminar. La moneda única suscita dudas crecientes, aunque de distinta naturaleza, en sus principales promotores (Francia y Alemania), y la política exterior y de seguridad común (PESC) hace visible cada día su fracaso, no ya en solucionar sino en mantener bajo un cierto control el conflicto bélico provocado por la descomposición de Yugoslavia, en el corazón mismo de Europa.
Mercado, moneda y política exterior son, sin embargo, los tres principales desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea (UE).
De la respuesta que se les dé depende el avance de la propia integración. Si a todo ello se añaden, de una parte, los problemas de diversa índole –principalmente institucionales y financieros– que suscita la no lejana incorporación a la UE de los países de la Europa central y oriental (PECOS) y, de otro lado, las inevitables fluctuaciones de las coyunturas políticas nacionales, tendremos el movedizo contexto en el que se celebrará la conferencia intergubernamental de 1996 (CIG). Un contexto en el que casi todo lo que afecta al proceso de integración europea parece estar en revisión por el trauma sufrido tras la ratificación del tratado de la Unión Europea (TUE).
¿Qué actitud o qué política debe adoptar España? En un momento en que ciertos contratiempos y no pocas torpezas y errores del gobierno socialista restan apoyo de la opinión pública española a la inserción europea, una actitud de indefinición reflejaría, más que prudente cautela, temor e incapacidad para…

Pakistán y el doctor Khan


