Galicia ya no es la que era. Su economía y su sociedad han experimentado en las últimas décadas una profunda transformación que ha roto con lo que tantas veces se denominó “características seculares”. Algunos tópicos como el gallego rural, agrario, ahorrador y dado a la emigración parecen haberse desvanecido con el correr de los años, para dar paso a una población que cada vez tiene mayor componente urbano, ocupa a más personas en los servicios, guarda en los bancos menos dinero que los habitantes de otras comunidades y, en lugar de salir a trabajar al extranjero, es testigo de cierta corriente de retorno de sus paisanos emigrados.
Identificar Galicia con un mundo rural estuvo más que justificado históricamente hasta hace pocos años. Al comenzar el siglo XX, las siete ciudades gallegas (Vigo, La Coruña, Orense, Santiago, Lugo, Ferrol y Pontevedra) y sus comarcas directas tenían el 17 por cien de la población total de la comunidad y a principios de los años cuarenta concentraban a la cuarta parte. El proceso urbanizador se acentuó en los años setenta e hizo posible que en el inicio de la presente década, el 45 por cien de la población de esta comunidad viva en el entorno de las ciudades y que, si se suman los habitantes de cabeceras de comarca con más de 20.000 habitantes, más de la mitad de los gallegos estén adscritos al medio urbano. Pero este flujo rural-urbano se queda pequeño si se compara con lo sucedido en las actividades productivas a las que se dedican los gallegos, en las que se ha registrado un trasvase de tal magnitud que tiene tintes de éxodo: el abandono de la actividad agraria y el fortalecimiento simultáneo de los servicios.
En 1982, el sector primario ocupaba a 459.000 trabajadores, lo que suponía el 43…



