Las consecuencias de una mentira
Fue un momento muy chocante y ciertamente violento. En una rueda de prensa en Washington DC, un periodista le preguntó al senador demócrata por Massachussets Paul Efthemios Tsongas si su cáncer linfático declarado podía ser un impedimento para sus intenciones de obtener la nominación del Partido Demócrata a la presidencia de 1992. El candidato dijo que no, que su cáncer estaba controlado y que la enfermedad no sería un impedimento para desempeñar el cargo de presidente de Estados Unidos.
Tsongas no fue elegido. Bill Clinton, el gobernador de Arkansas, ganó en la convención celebrada aquel año en el Madison Square Garden de Nueva York y sería quien finalmente se impondría también en la carrera hacia la Casa Blanca a su adversario, el presidente George H. W. Bush.
El senador murió cinco años después en el Brigham and Women’s Hospital de Boston. De haber obtenido su nominación y alcanzado la presidencia, Tsongas hubiera tenido que renunciar a su cargo por su enfermedad.
Aquel caso mostró dos cosas. Que, con educación y fundamento, a un servidor público se le puede preguntar lo que haga falta, y que el historial médico de un político que ocupa un alto cargo ha de ser público y transparente como el cristal.
A finales de mayo, el expresidente Joe Biden apareció en público por primera vez desde que se conoció que sufre un cáncer de próstata con metástasis en sus huesos y las personas que coincidieron con él le aplaudieron. El diagnóstico de Biden no es bueno, pero los especialistas le dan entre cuatro y 10 años de vida, e incluso han asegurado que el expresidente podría morir por otras causas antes que por el cáncer ahora declarado.
Ha trascendido también que, en un encuentro con George Clooney, Biden, entonces aún presidente, no reconoció al actor. Pero pese a las alertas que despertó aquella situación, nadie de su entorno dijo nada. Su deterioro cognitivo ya estaba siendo ocultado por su equipo y esa circunstancia ha provocado ahora un debate en Estados Unidos.
«El deterioro psíquico de Biden fue ocultado y manipulado por su equipo y esa circunstancia ha abierto un debate en EEUU»
Y como siempre ocurre en aquel país, cualquier polémica relevante da paso a la publicación inmediata de libros. En este caso, el libro de no ficción más preciso sobre Biden y la ocultación de su mala salud es Original Sin, cuyos autores son Jake Tapper y Alex Thompson. Tapper es una cara conocida en los medios televisivos norteamericanos, presenta los informativos las noches electorales en la CNN y los debates presidenciales. Thompson es un graduado de Harvard que colabora también en la CNN.
Las dudas sobre Biden empezaron a ser evidentes tras su debacle en el debate presidencial del 27 de junio de 2024, cuando el presidente que concurría a su reelección se mostró disperso y fuera de contexto ante Donald Trump. Los autores de Original Sin explican en su libro, que recoge más de 200 entrevistas, que los problemas psíquicos del presidente-candidato eran conocidos por su equipo desde mucho antes del debate, pero que fueron silenciados para no verse afectados por los sondeos y el ingreso de donaciones.
Tapper y Thompson explican cómo el entorno personal-político de Biden, al que denominan Politburó, decidió proteger al candidato, cambiando sus agendas, ralentizando sus imágenes de vídeo para que no aparecieran sus temblores, rebatiendo constantemente las dudas sobre su salud con la frase “está bien”, y atacando y desmintiendo a quienes intentaron profundizar sobre el tema o decir la verdad.
Parece evidente que el Politburó y el propio Partido Demócrata cometieron un grave error. De haber puesto mucho antes la reelección en manos de la vicepresidenta Kamala Harris, el desenlace de aquellas cruciales elecciones quizá pudiera haber sido distinto. El engaño al pueblo estadounidense fue en definitiva el gran pecado, el sin, de Joseph Robinette Biden Jr, el 46.º presidente de Estados Unidos, y lo que inevitablemente aparecerá en el título de su legado político.
