Este mundo que tanto se ha complicado necesitaría de predicciones fiables. ¿Intervendrá militarmente Estados Unidos de nuevo en Venezuela? ¿Se quedarán pronto con Groenlandia? ¿Habrá un acuerdo que ponga fin a la guerra de Ucrania este año? ¿Saldrá Pedro Sánchez de La Moncloa antes de que acabe 2026? ¿Será J.D. Vance el siguiente presidente de EEUU? “Es difícil predecir, sobre todo el futuro” es una célebre consideración que se atribuye al físico Niels Bohr. Pero en nuestros días no solo se ha convertido en negocio, sino que lo que la gente cree que va a pasar, y por lo que puede apostar dinero, puede influir en lo que pase. La posibilidad de apuestas no es nueva, pero ahora, con nuevos sistemas y plataformas, ha nacido un nuevo ámbito, el de los llamados mercados de predicción. Se prestan a manipulaciones no solo en las bolsas de valores, sino en las de votos.
La técnica de la predicción ha hecho grandes adelantos, muy especialmente en los últimos tiempos de la mano de la nueva conectividad, de las plataformas, y de los avances en inteligencia artificial (IA). Cada vez está más presente como medio para ganar o perder dinero anticipando cómo van a evolucionar los mercados o acontecimientos, desde deportivos a geopolíticos, y apostar sobre esa base. No es un programa el que apuesta (aunque algunos programas también pueden hacerlo), sino la gente. Estamos viviendo un auge de los mercados de predicción –plataformas donde la gente “apuesta” dinero a que ocurra un determinado acontecimiento económico, político, cultural o de muchos otros tipos–, con inmensas nuevas posibilidades, no reguladas como las apuestas tradicionales. Plantean una tensión con la democracia. Pueden mejorarla, o deformarla, según se usen.
Estos mercados, o plataformas, funcionan con una lógica simple: el precio de una apuesta refleja la probabilidad colectiva de que algo ocurra (por ejemplo, que un candidato gane, o que un país invada a otro). En teoría, agregan información dispersa mejor que muchas encuestas. Ahora bien, de esta forma, la predicción no solo anticipa, sino que influye en el comportamiento de los mercados. No solo eso, sino que también puede servir no ya para anticipar cómo se van a comportar los ciudadanos en elecciones, sino para manipularlos e intervenir así en la política. El exceso de predicción puede socavar la democracia.
Algo de esto había ya cuando empresas como Cambridge Analytica, a través de las redes sociales, manipularon con desinformación hecha a medida de cada cual a los votantes en 2016 para que se decantaran por la salida de la UE, en el caso del referéndum sobre el Brexit en el Reino Unido, o por Trump en las elecciones presidenciales de aquel en Estados Unidos. Desde entonces, la capacidad de manipulación de los mercados de valores o de votos ha crecido sobremanera.
Jemina Kelly recordaba recientemente cómo una de las mayores plataformas de predicción de mercados, Polymarket, anunció en una gran pantalla las apuesta, por 94 a 6, de que iba a ganar Mamdani (como finalmente resultó) sobre Cuomo para la alcaldía de Nueva York. Un dólar para el que acertara. ¿Inversiones o apuestas (que algunos pueden calificar de inversiones de alto riesgo)? ¿Traders o jugadores?
Según las posturas en Polymarket, tal como estaban el 12 de enero, la guerra de Ucrania no terminará pronto, pero un 48% apuesta que se firmará un acuerdo de paz antes de acabar el año. Pocos (21%) predicen que EEUU vuelva a atacar Venezuela antes del 31 de marzo, y aún menos (8%) predicen una invasión. Polymarket se ha negado a pagar a los que habían apostado que Estados Unidos invadiría Venezuela. La empresa no ha considerado el secuestro de Maduro como una “invasión”. En cuanto a Groenlandia, pocos (17%) ponen su dinero en que Estados Unidos se la quede antes de finales de 2027, quizás sí (24%) que adquiera una parte en 2026, menos aún (9%) que la invada este año. En cuanto Irán, 41% apuesta que el ayatolá Jamenei dejará su puesto al final de este trimestre, y 68% que Estados Unidos atacará Irán antes de seis meses.
Pero lo que estas predicciones reflejan es que no se ve que EEUU vaya a invadir ningún país, ni entrar en guerras con “botas sobre el terreno”. Atacar sí. Significativamente, nadie parece poner su dinero a favor o en contra de que vaya a haber una tercera guerra mundial. ¿Es el miedo un calentón mediático? ¿O una apuesta que si se acierta no se podrá cobrar? Tampoco parece atraer el dinero en Polymarket que Trump vaya a presentarse para un tercer mandato (que en principio le impide la Constitución) sino sobre el sucesor: 29% por el actual vicepresidente, J.D.Vance. En cuanto a que Pedro Sánchez salga anticipadamente de La Moncloa, las apuestas en Polymarket están en 14% para junio próximo, y un 33% para diciembre de 2026.
Google Finance ha anunciado que va a incorporar este tipo de predicciones en sus búsquedas, para hacer preguntas sobre futuros acontecimientos “aprovechando la sabiduría de las masas”. La familia Trump está muy presente en este sector, y ha anunciado el lanzamiento de Truth Predict, en relación con su criptomoneda. Hay negocio. Las apuestas en los mercados de predicción se han disparado. En EEUU, a través de Polymarket y Kalshi, la otra gran empresa en este sector, han pasado de 100 millones de dólares al mes en 2024 a 130.000 millones en noviembre pasado.
¿Van a reemplazar este tipo de empresas a las demoscópicas, las de encuestas de opinión pública, que no viven su mejor momento de credibilidad, pues se perciben como parte del mensaje (aunque en el caso de las mejores no haya que culpar al espejo de la imagen que refleja)?
El nuevo papel de las plataformas de apuestas/predicción (que no es lo mismo que prospectiva, una ciencia para actuar) es parte de la política de casino, de la política espectáculo. Actores con dinero pueden influir en la orientación de las apuestas, y manipular precios, o votos, con fines estratégicos. El mercado no solo predice, sino que influye. Si un mercado “da por ganador” a un candidato puede desmovilizar a los votantes o, por el contrario, generar un “efecto arrastre” (votos que cambian hacia el ganador percibido). De hecho, ya ocurre con las encuestas. En todo caso, como se ha dicho repetidamente, cuando el objeto de la predicción es la propia política, el efecto, y el propio pronóstico, dejan de ser neutrales. La expectativa agregada no es lo mismo que la voluntad formada tras deliberación.
Naturalmente, viene a la mente la película de Spielberg Minority Report (2002), en la que la policía utiliza a unos seres con poderes psíquicos para predecir crímenes antes de que ocurran y detener a los culpables antes del delito. ¿Y los resultados antes de que se vote? Aunque ojalá se pudiera haber predicho algunas de las cosas que están ocurriendo, ¿para evitarlas? Las predicciones pueden cambiar realidades. Son ya parte de la realidad.