Desde la definición clásica de Max Weber –la capacidad de imponer a los demás la propia voluntad incluso contra su resistencia– hasta las lecturas más contemporáneas, que incluyen la capacidad de estructurar el campo de fuerzas geopolítico, el poder es un concepto discutido que se puede ejercer de distintas maneras. El poder de los Estados, en su versión clásica, se ha definido como el monopolio de la fuerza sobre una población en un territorio determinado. Pero este no es el caso de la Unión Europea, que aunque no es un Estado, es más que una organización internacional ya que cuenta con un poder ejecutivo, legislativo y judicial, y con un Derecho imperativo mucho más comparable al de los Estados que al Derecho Internacional. Su poder proviene de las progresivas delegaciones de soberanía que le han hecho los Estados miembros, convirtiéndola en una comunidad política supranacional con potentes, si bien insuficientes, elementos federales.
El ejercicio del poder de un Estado más allá de sus fronteras nacionales siempre ha sido más problemático. Se ha regido por correlaciones de fuerzas y relaciones de dominación y subordinación, en función de los activos geopolíticos con los que cuenta cada actor: extensión territorial y recursos naturales, fuerza demográfica, renta nacional, tecnologías, fuerza militar, convencional o nuclear, etcétera. Por tanto, en el contexto internacional el poder solo puede entenderse en plural: jurídico y normativo, político, económico, diplomático, militar, tecnológico, cultural.
Además, el poder no solo lo pueden ejercer los actores políticos. En el último medio siglo, las grandes multinacionales han aparecido como actores con un poder muy superior al de muchos Estados. Sin embargo, ahora la geopolítica impera sobre el libre mercado, por lo que estas empresas no pueden escapar al control de las potencias dominantes: Estados Unidos, China o Rusia y, en cierta manera, también…
