Segmentar a la población en “generaciones” suele simplificar realidades complejas. Pero renunciar a ese marco –como advertía Ortega y Gasset– sería perder una herramienta decisiva para entender cómo distintos grupos humanos se enfrentan a su tiempo. Las generaciones no son un capricho clasificatorio: permiten identificar afinidades culturales, formas de relacionarse y modos de interpretar la política. Siguiendo el hilo orteguiano, una generación no se define por una fecha de nacimiento, es una “unidad histórica” forjada en un horizonte vital común. Para el sociólogo Karl Mannheim, solo cuando este se convierte en experiencias efectivamente vividas podemos hablar de una verdadera conexión generacional.
La llamada Generación Z –los nacidos entre finales de los años noventa y principios del 2010– encarna bien este fenómeno. Diversa en orígenes, pero unida por haber crecido entre crisis encadenadas, ha desarrollado una conciencia generacional reconocible: la percepción de que las promesas de progreso heredadas ya no están garantizadas. En los últimos meses, esta cohorte ha captado la atención internacional. Y no solo por su papel natural en el relevo demográfico o su “tiempo de pantalla”, sino por un fenómeno que trasciende fronteras: su falta de resignación, visible en protestas que han estallado casi al mismo tiempo en distintos puntos del planeta.
Viejos problemas, nuevas miradas
Estudiantes y movimientos juveniles protagonizaron algunos de los momentos más decisivos del siglo XX. Cabe preguntarse, entonces, si lo que estamos viendo hoy es una nueva reedición de esa fuerza vital asociada a la juventud. En el caso de los Z, sin embargo, muchas cosas han cambiado al ritmo acelerado al que cambia el mundo. Entre ellas, su discurso.
«Mientras la generación X o los ‘baby boomers’ interpretaban las dificultades en clave individual, la Z las sitúa en un marco estructural»
Una encuesta de Ipsos de 2024 mostraba, por ejemplo, que los jóvenes europeos creen cada vez menos en la meritocracia. Mientras generaciones anteriores como la X o los baby boomers tendían a interpretar las dificultades en clave individual –esfuerzo, responsabilidad, superación– la Gen Z sitúa esos mismos problemas en un marco estructural. La vivienda inaccesible, la desigualdad, la inestabilidad laboral no son, para ellos, cuestiones de mérito u oportunidad, sino el resultado de sistemas que consideran fallidos o profundamente injustos. Esta divergencia entre narrativas explica buena parte del malentendido generacional que, en ocasiones, salta al debate público. Otros indicadores sugieren que la Gen Z es, en promedio, una de las generaciones más formadas y con mayores ingresos nominales a su edad. Pero esta lectura también exige matices importantes. Buena parte de esas cifras están sesgadas por la incorporación masiva de mujeres al mercado laboral, la reducción del tamaño de los hogares o la aparición de sectores muy bien remunerados que tiran hacia arriba de las medias. Estos promedios ocultan una cruda realidad: el coste de vida ha crecido mucho más rápido que los salarios.
El resultado es una paradoja: jóvenes mejor formados y, en promedio, mejor remunerados que en el pasado, pero con menor capacidad de ahorro, de movilidad social y de construcción de patrimonio que sus predecesores. Esta distancia –entre el nivel de formación alcanzado y la realidad material con la que chocan al entrar en la adultez– explica parte de su malestar; pero, a pesar de las tensiones demográficas evidentes, no lo orientan hacia los mayores, sino hacia un sistema que ha roto la promesa de progreso que sostuvo durante décadas a las clases medias.
Ola global de movilizaciones
Los 15 años posteriores a la Primavera Árabe (2011) estuvieron salpicados por protestas aparentemente desconectadas, desde las de Hong Kong a Tailandia o Sri Lanka. A partir de 2024, a la luz de los ejemplos de Bangladesh, Kenia y Serbia, la Generación Z ha transformado su descontento en una ola de movilización global sin precedentes, capaz de conectar realidades muy distintas entre sí.
«Las causas del descontento de millones de jóvenes tienen en común la precariedad, el pesimismo y la desconfianza en las élites políticas»
Las causas que han empujado a millones de jóvenes a las calles comparten un denominador común: precariedad, pesimismo hacia el futuro y desconfianza en las élites políticas. En Marruecos, el descontento estalló por las cifras de desempleo juvenil y la escasa inversión en servicios públicos, en contraste con el gasto destinado al Mundial de Fútbol de 2030. En México, las marchas contra la violencia, las desapariciones y la impunidad han cuestionado el papel del Estado en la protección de sus ciudadanos y de los propios funcionarios públicos. En Indonesia, por otro lado, las protestas estallaron entre trabajadores de la gig economy, tras conocerse que los parlamentarios recibían un subsidio de vivienda diez veces superior al salario mínimo anual en Yakarta. En Serbia, Nepal o Bangladesh fueron la corrupción y el autoritarismo los temas más sonados.
En Irán, una nueva ola de presión popular sacude al régimen teocrático. Lo que comenzó como protestas económicas por la crisis del rial y la inflación ha crecido hasta abarcar ciudades de todo el país, con jóvenes y estudiantes –entre otros sectores– reclamando reformas de calado y coreando consignas abiertamente anti-régimen.
El balance general de estas movilizaciones es agridulce. En Nepal, Madagascar y Bangladesh, la presión juvenil derivó en estallidos de violencia, cambios de poder y crisis institucionales. Con mayor frecuencia, sin embargo, las revueltas han logrado solo concesiones parciales, como en Indonesia, Filipinas, Timor Oriental, Kenia o Perú. El caso iraní ilustra una respuesta estatal aún más dura y sofisticada: una combinación de represión –con detenciones masivas, cortes de internet y uso de fuerza letal– y una narrativa oficial orientada a proyectar control, estabilidad y unidad nacional frente a la presión interna.
Esta ola no destaca solo por su intensidad, sino por la sensación de simultaneidad. La Gen Z abraza, tal vez inadvertidamente, la máxima del think globally, act locally, denunciando problemas domésticos que resuenan globalmente. El caso más paradigmático es el cambio climático, un poderoso motor de movilización en el Norte Global. En este fenómeno, las redes sociales desempeñan un papel clave. En muchos casos han sido el detonante mismo de las movilizaciones. Los intentos de prohibir Discord en Nepal o TikTok en Estados Unidos activaron protestas juveniles al percibirse como una amenaza directa a sus espacios de socialización y herramientas de convocatoria.
Al mismo tiempo, el entorno digital actúa como un multiplicador: crea una narrativa compartida en la que jóvenes de distintos países observan cómo sus problemas y frustraciones no son aislados, sino parte de una realidad generacional común. Todo ello convierte a la Gen Z en un actor político global, aunque todavía sin un espacio institucional claro que traduzca su fuerza social en políticas públicas. Esa tensión –entre una enorme capacidad de movilización y una limitada capacidad de incidencia política– es, en parte, escogida, pero ilustra un problema más profundo de representación.
La revolución simbólica
Desde los Gen 212 en Marruecos hasta los Gen Mada en Madagascar, las protestas han puesto de relieve un rasgo compartido: la Gen Z es también la generación visualmente más globalizada de la historia. En las manifestaciones desfilan símbolos aparentemente ajenos a la política reconvertidos en herramientas de identidad y movilización. A
sí, elementos de la ficción, de la “cultura pop”, los hashtags y referencias del anime se han convertido en auténticas fuentes de inspiración para los jóvenes, haciéndose hueco entre las pancartas y las banderas tradicionales. La máscara de V de Vendetta es ya un clásico –quizá algo más millenial– entre los manifestantes antisistema para simbolizar la resistencia a la vigilancia y el control estatal. Este símbolo hizo una aparición estelar en el movimiento “Occupy Wall Street” (2011) y estuvo a punto de ser prohibido en las protestas de Hong Kong de 2020. El distópico atuendo de El cuento de la criada también ha hecho numerosos cameos entre activistas feministas. En el ciclo más reciente, el protagonista simbólico ha sido sin duda la bandera pirata de One Piece, un anime que, como otros del género, recoge narrativas de resistencia y lucha contra la corrupción que conectan con la experiencia vital de los jóvenes.
Esta reapropiación cultural es un síntoma de cómo la Gen Z entiende la política: menos solemne, más visual; menos institucional, más emocional. Se alejan de lo ideológico para converger alrededor de causas específicas, urgentes y tangibles, en las que ven sus valores reflejados. Los símbolos utilizados, ya sean banderas, pines del “sinsajo” o patos de goma, adquieren una fuerza renovada y nuevas capas de interpretación.
La política por otros medios
Otra de las grandes lecciones de estos jóvenes es su distancia respecto a la política tradicional. Aunque existan diferencias profundas entre los jóvenes del Norte y del Sur Global, hay rasgos transversales: Desafección hacia los partidos, desconfianza en las instituciones y una creciente sensación de que los canales convencionales ya no sirven para mejorar sus vidas.
La participación electoral de los jóvenes es, a menudo, más baja que las medias nacionales. El 2025 Global Youth Participation Index, elaborado por un grupo de investigación financiado por la Unión Europea, constataba que, mientras los menores de 30 años son menos proclives a votar en elecciones, son más propensos a desempeñar papeles activos en movimientos cívicos y políticos. En estos espacios, los Z se coordinan para alcanzar objetivos compartidos, pero sin jerarquías ni líderes reconocibles.
Entre los jóvenes no solo cae la participación: también se fragmenta el voto. En numerosos países, la Generación Z oscila entre opciones emergentes, outsiders políticos y movimientos populistas que desafían el consenso institucional. En Europa occidental, por ejemplo, distintos estudios muestran un giro generacional no visto en décadas: en Francia, el 32% de los votantes menores de 25 años apoyó a la Agrupación Nacional en las últimas elecciones europeas; en Alemania, Alternativa para Alemania (AfD) se situó como la fuerza más votada entre los menores de 30. El voto joven europeo se ha vuelto tan volátil como polarizado, capaz de impulsar a partidos verdes en unas elecciones y a fuerzas radicales en las siguientes.
En el Sur Global, la juventud es demográficamente mayor y su peso electoral crece. En países como India, Nigeria o Indonesia, más del 40% del electorado pertenece a generaciones jóvenes, y ese voto ha sido decisivo para sostener o derribar gobiernos. Este mosaico electoral –con un voto joven más fragmentado en el Norte y más decisivo en el Sur– ha alterado los equilibrios tradicionales. En el futuro, podría traducirse en bloqueos institucionales o políticas públicas ineficaces. Mientras la Generación Z exige agilidad, transparencia y resultados inmediatos, las instituciones se mueven a un ritmo más lento, lo que alimenta la sensación de que la política formal no acompaña la velocidad ni la profundidad del cambio reclamado. El reto es hacerlo antes de que el desencanto se vuelva permanente.
Deshacer la brecha
Muchos de los rasgos políticos de la Gen Z son, por tanto, inéditos: sus discursos, sus referencias culturales, sus formas de organizarse y de entender la acción colectiva. Algunos gobiernos se resisten a realizar ajustes y responden con viejos remedios: represión policial, como en Bangladesh; detenciones masivas, prohibiciones de redes sociales y apagones de internet. Estas respuestas no hacen sino reforzar entre los jóvenes la idea de que las autoridades no escuchan ni atienden sus prioridades.
Para reducir esa distancia desde abajo –desde la ciudadanía– muchos analistas señalan la importancia de no abandonar del todo los canales tradicionales de participación. En Sri Lanka, la coalición progresista Samagi Jana Balawegaya ganó las elecciones de 2024 tras una ola de movilización juvenil. En Corea del Sur, las protestas encabezadas por jóvenes fueron clave para frenar el intento de golpe de diciembre de 2024. Y en Tailandia, las manifestaciones de 2020 desembocaron en la irrupción de una nueva generación de líderes. En todos estos casos, la combinación de presión en las calles, participación electoral y articulación con organizaciones de la sociedad civil permitió que las demandas juveniles empezaran a influir en la agenda política. En México, además, otros sectores opositores y generaciones mayores han incorporado parte de sus discursos, ampliando la base social de las protestas.
Los Z podrían aprender de estos ejemplos y avanzar hacia estrategias híbridas, como apuntan muchos analistas, combinando su energía social con alianzas con otros movimientos transversales, partidos políticos y actores institucionales o sindicales, sin abandonar su presencia digital. El riesgo de apoyarse únicamente en este último canal es la vulnerabilidad ante la censura. El activismo horizontal puede aumentar el alcance, pero suele perder eficacia a la hora de disputar el poder.
Desde arriba, el desafío para los gobiernos es igual de profundo. Requiere repensar políticas de vivienda, modelos laborales, sistemas educativos y ofrecer mecanismos de participación alternativos –consultas populares, presupuestos participativos…– que integren a una generación que pide ser escuchada. Pero el propio lenguaje político de la Gen Z encierra una oportunidad: su inclinación por abordar causas concretas, lejos de los grandes relatos ideológicos, puede devolver la política a su función elemental: resolver problemas reales.
En un tiempo de democracias fatigadas por la polarización y atrapadas en ciclos de confrontación estéril, la Gen Z impulsa una política menos identitaria y más orientada a resultados. Pocos símbolos resisten el paso del tiempo sin agrietarse. Y resulta paradójico que sea una cohorte a menudo señalada por su individualismo la que reclame, con más fuerza que nadie, una política menos ritual y más pragmática.
