Desde hace unos años a veces se oye la expresión “soberanía europea”. Suele aparecer en discursos políticos, documentos oficiales o publicaciones especializadas. A menudo viene acompañada por un adjetivo: digital, energética, tecnológica, de defensa… El sentido con el que se usa no siempre es claro. A veces parece sinónimo de autonomía. De hecho, un término parecido es el de “autonomía estratégica”. Es tal vez el sentido que le ha dado Emmanuel Macron desde su discurso en la Sorbona de 2017. Algunos pensarán que no son más que palabras y que la soberanía sigue anclada en los Estados miembros. Ahora bien, la vida política y jurídica está hecha de palabras, y el uso de un concepto como “soberanía” no es anodino. Ligado al adjetivo “europea” puede evocar posibilidades de cierto calado.
El concepto de soberanía
El concepto de soberanía, en la elaboración inicial que culminó con Jean Bodin en Los seis libros de la República (1576), fue una idea fundamental en el proceso de formación del Estado nación en el contexto de las guerras de religión europeas. Su pretensión era la de dotar al monarca de un poder permanente, superior e indivisible, no sujeto a ninguna ley. La raigambre del concepto es religiosa, pues se inspira en la idea del Dios omnipotente. Por eso, como observó el filósofo alemán Carl Schmitt, la soberanía formaba parte de la “teología política”. Con todo, Bodin insiste en que el soberano está sometido al Derecho natural y al divino, y divide la potestad soberana en varias “marcas”. Esa pretensión de poder supremo puede parecer excesiva, pues durante siglos no se dieron las condiciones para conseguirlo. El soberano tuvo que convivir con otros poderes: estamentos, pervivencias del feudalismo, imperio, papado. La soberanía solo pudo realizarse en mayor medida en épocas más recientes, gracias…
