A los europeos ya no nos vale solamente promover la paz y la cooperación en nuestro continente, sino que debemos dotarnos de los recursos necesarios para jugar en el patio de los mayores, aquella liga donde los fuertes compiten por el poder y dejan atrás los valores, las interdependencias y las instituciones que encarnan el proyecto europeo.
Vivimos en un mundo donde la soberanía de las naciones se revaloriza frente al experimento basado en la cesión de protagonismo a una entidad supranacional encargada de una moneda común, las fronteras o el mercado interior. Un mundo en el que las interdependencias devienen vulnerabilidades, y donde las grandes economías recelan de la apertura comercial, limitan el acceso a bienes críticos y el Estado planificador libra la batalla a los mercados abiertos. Un mundo donde los conflictos internacionales y las crisis humanitarias van al alza, sin que el sistema multilateral sea capaz de dotarse de marcos efectivos y representativos ante los nuevos equilibrios y desafíos globales.
Un mundo nuevo, al fin y al cabo, donde se refuerzan los marcos de acción nacional, sin que desaparezca lo internacional de las crisis que nos afectan: climática, de salud global, energética, migratoria o la disrupción de la Inteligencia Artificial. Un mundo, de hecho, cada vez más multipolar pero menos multilateral, donde la fuerza y los intereses nacionales resquebrajan normas comunes e instituciones internacionales.
Este no es el mundo al que aspiraba la Unión Europea. Su modelo, basado en una posmodernidad que difuminaba al Estado, se quería universal. Emulando el experimento europeo, las demás regiones del mundo se encaminarían hacia una paz perpetua, amalgamada en espacios de cooperación compartida. Adalid de la globalización, y gracias al paraguas protector transatlántico, Europa se podía permitir avanzar poco a poco en su disciplina interior, sin renunciar a las batallas entre…
