POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 229

La improbable actualidad de las ‘Locuras de Europa’

El clásico de Saavedra Fajardo, de gran relevancia en nuestros días, reflexiona sobre el estado de Europa al final de la guerra de los Treinta Años, que culminará con la decisiva Paz de Westfalia.
Alfonso Dastis
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Fruto de la admirable iniciativa de la editorial Calenda Libros, ha visto la luz una nueva edición de Locuras de Europa, la obra en la que Diego Saavedra Fajardo reflexiona sobre el estado de una Europa sumida en los estertores de la guerra de los Treinta Años, a la que se trata de poner fin en los congresos de Münster y Osnabrück, y cuyo resultado será, como es conocido, la llamada Paz de Westfalia, a la que se atribuye el comienzo del orden internacional formado por Estados iguales y soberanos.



Locuras de Europa, Publicación original: 1748
Diego Saavedra-Fajardo
Calenda, 2025
152 págs.


La obra está estructurada en forma de diálogo, no exento de cierta fantasía, entre el dios Mercurio y el escritor satírico Luciano. Tiene un propósito didáctico doble, explicar las locuras que han conducido a la guerra y dificultan alcanzar la paz, y defender la monarquía española y el imperio habsbúrgico frente a los particularismos que lo desgarran y a la hegemonía francesa.

Saavedra enumera las causas que han llevado a la guerra y a aquel estado de cosas, principalmente “la ambición de algunos y la imprudencia y el descuido en otros”, y prodiga consejos a los nuevos Estados nacionales para prevenirlos frente al poder francés. Estos consejos se resumen en la recuperación de la concordia y la unidad bajo una Casa de Austria empeñada en una misión de concordia universal.

Se trata en definitiva de un ejercicio propagandístico al servicio de la monarquía española y de la causa imperial, añadiendo el poder de la pluma al esfuerzo diplomático y militar, en aras del mantenimiento de un statu quo que se hunde frente a la pujanza de los nuevos Estados nacionales.

Pues bien, respondiendo al objetivo de los editores, creo que esta obra puede verse, mutatis mutandis, y haciendo abstracción de sus aspectos fantásticos, como una metáfora de los desafíos y conflictos que afrontamos en Europa en estos momentos, a saber, la defensa frente a una potencia que aspira a la hegemonía, la amenaza para el proyecto de unidad derivada del auge de los nacionalismos populistas, o el riesgo de que los problemas internos desvíen la atención y nos impidan contribuir al esfuerzo colectivo.

Comprendo que la equiparación entre el Imperio de los Habsburgo y la Unión Europea pueda parecer ella misma fantasiosa, pero quizá no lo sea tanto si se atiende a las características comunes a ambos que señala Caroline de Gruyter en un sugestivo libro.

 

«Saavedra enumera las causas de aquella guerra, principalmente ‘la ambición de algunos y la imprudencia y el descuido en otros’»

 

En todo caso, hoy como entonces, la construcción supranacional europea se enfrenta a una potencia agresiva exterior y al poder corrosivo de los nacionalismos en su interior. Todo ello en un momento en que sus Estados miembros se encuentran ellos mismos debilitados por sus querellas internas, normalmente de origen autóctono, pero usualmente alimentadas por esas potencias exteriores interesadas en su descomposición.

Respecto a la amenaza exterior, Europa se ve amenazada en primer lugar por una Rusia agresiva que ha vuelto a traer la guerra al continente, pero también por la actitud de un antiguo aliado que la acusa de debilidad y de traicionar los principios fundacionales de la civilización occidental y que aspira a su disolución en beneficio de unos Estados plenamente soberanos.

Estas amenazas se ven reforzadas por unas fuerzas centrífugas que comparten ese objetivo de delicuescencia de la Unión desde el interior. De hecho, no es sorprendente que esas fuerzas nacionalistas se caractericen precisamente por ser al mismo tiempo pro-rusas y defensoras del populismo proveniente de Estados Unidos.

La conjunción de estas amenazas externas e internas configuran un panorama al que pueden aplicarse las palabras de Saavedra Fajardo “la paz anda en las bocas y la guerra en los corazones, valiéndose del pretexto de que los Estados no se concuerdan entre sí, siendo ellos los que fomentan su división”. Ante esta situación, “los Estados vienen tan ciegos por pasiones internas que no acaban de conocer que solo la concordia será el remedio de tantos males”.

Una mención particular hace Saavedra a algunos Estados, como Inglaterra, entregado a guerras civiles y discordias internas, o como España, enfrentada a las rebeliones de Cataluña y Portugal. Ello conduce a su inacción o parálisis en la acción común frente a las pretensiones hegemónicas de otras potencias. Resulta tentador extrapolar causas y consecuencias a la actualidad, a través del Brexit y los movimientos independentistas en España.

Pues bien, a esa Unión Europea se podría trasladar la recomendación de Saavedra Fajardo de evitar que “pudiendo con la unión y la concordia aspirar al dominio universal, se rinda, por su división, al del enemigo” y a sus miembros la de no “abandonar la amistad y la confederación de los que son interesados en su misma conservación y comunes en la causa.”

Bien es verdad que en una Unión cada vez más amplia y heterogénea se puede reconocer con Saavedra Fajardo que “la diversidad de religión, de costumbres e intereses hace también a los Estados discordes en los consejos”. De ahí que se oigan cada vez más voces que auspician un avance restringido entre un grupo reducido de Estados voluntarios.

¿Tienen enseñanzas para la Europa actual la guerra de los Treinta Años y la Paz de Westfalia? ¿Son válidas las recetas de Saavedra Fajardo para los desafíos a los que se enfrenta la Europa de hoy? A mi modo de ver, una posible respuesta pasaría por que la Unión encarnase lo que llamaría la paradoja westfaliana. A saber, proseguir en su interior la superación de la soberanía estatal absoluta, compartiéndola cada vez más, y desarrollando, hacia el exterior los atributos de un poder westfaliano que le permitan medirse de igual a igual con las otras grandes potencias.

Está por ver si los Estados miembros tendrán la clarividencia y la voluntad política para responder a esos desafíos. No faltan manuales de instrucciones, pero debo decir que las últimas actuaciones no dan mucho pie al optimismo. Una Unión Europea que pretendía haber descubierto la geopolítica corre el riesgo de salir de la historia…