En unos meses, algunas palabras que han resurgido, nacidas en otros contextos históricos, han ampliado su orientación para los europeos. No su significado, sino su referencia geográfica. Esta reorientación del léxico, con los europeos en estado de vértigo, es reflejo de la crisis en la que nos encontramos y del hecho de que Estados Unidos, con Trump, no solo ha dejado de ser fiable, sino que se ha vuelto impredecible –aunque el presidente se jacta de que en esa imprevisibilidad reside parte de su eficacia transaccional–, con consecuencias para el Viejo Continente y para el mundo entero. Europa ya no tiene retaguardias ni flancos: todo son frentes, aunque, evidentemente, de distinta naturaleza. Lo que la obliga a transformarse.
Apaciguamiento. El término surgió a raíz de la cesión de los Sudetes checos a la Alemania hitleriana en la cumbre de Múnich de 1938, en la búsqueda de una “paz para siempre”, como la presentó el primer ministro británico Neville Chamberlain. Según Wikipedia, hoy se emplea para “deslegitimar decisiones de política exterior que se perciben como demasiado conciliadoras ante rivales fuertes o agresivos”. En los últimos tiempos, muchos políticos y comentaristas han utilizado este vocablo para impedir un acuerdo sobre Ucrania con Rusia que implicara ganancias para Moscú. Pero he aquí que los vaivenes de Trump y su forma constante de amedrentar para lograr objetivos –ya sean territoriales (Groenlandia), de materias primas (Venezuela) o comerciales (aranceles)– lo han resucitado en el debate europeo, esta vez frente a Estados Unidos.
A la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se la ha criticado por querer apaciguar a Trump. Hoy, el rechazo o la búsqueda del apaciguamiento miran al oeste tanto como al este. Ese rechazo ha permitido –veremos en qué términos y hasta cuándo– desactivar, de momento, una crisis entre europeos y estadounidenses por Groenlandia. Pero está por ver si Trump y Putin imponen a Zelenski una paz vergonzante. Que París haya reanudado contactos con Moscú es significativo. ¿Apaciguamiento a 360°?
Amenaza. Antes se percibía desde Europa –sobre todo en los países geográficamente más próximos– en la Rusia de Putin. Ahora, según una reciente encuesta de Le Grand Continent, y en una evolución respecto a hace un año, el gran aliado estadounidense se percibe no ya como quien puede provocar guerras, sino como una amenaza directa (21 %), más importante que China (11 %) e incluso que Irán (18 %), aunque no más que Rusia (48 %) ni que las organizaciones terroristas (68 %). En todo caso, la amenaza rusa no se percibe igual desde Polonia (76 %) que desde Italia (31 %).
Trump es percibido como una amenaza especialmente elevada en Dinamarca, España y Alemania, seguidos de Bélgica, Francia e Italia. Siempre por detrás de Putin, aunque por delante de Xi Jinping. Cabe señalar las preocupaciones que empiezan a extenderse entre dirigentes europeos sobre la salud mental de Trump.
Los militares suelen distinguir entre “riesgo”, entendido como algo no intencionado, y “amenaza”, como algo deliberado. El factor “amenaza” se aplica ahora de forma más amplia. Así se ha considerado, y se sigue considerando por la mayor parte de los dirigentes europeos y por Canadá, que una intervención de Estados Unidos en Groenlandia sería una “amenaza existencial” para la OTAN. Se ha abierto un debate tras la afirmación de su secretario general, Mark Rutte, de que la UE, o Europa, no puede defenderse por sí misma sin Estados Unidos. En cualquier caso, la credibilidad y la coherencia de la Alianza Atlántica han quedado seriamente dañadas, tanto por esta crisis como por el hecho de que, en su primer mandato, Trump cuestionara –aunque luego se corrigiera– el artículo 5 del Tratado de Washington, sobre la defensa colectiva, es decir, sobre la indivisibilidad de la seguridad y, por tanto, sobre la disuasión nuclear. “Disuasión” es otro término que está ampliando su espectro geográfico, ya no referido solo a la cuestión nuclear.
Desacoplamiento (decoupling). Este término resurgió con el pulso con China, impulsado esencialmente desde Estados Unidos, para frenar –de hecho, asfixiar– su desarrollo tecnológico mediante la prohibición de vender determinados componentes de tecnología punta. Se aplicaba tanto a esa estrategia estadounidense como a la tendencia del régimen chino a ser cada vez menos dependiente de EE UU en este ámbito, desarrollando tecnologías que pueden acabar siendo incompatibles con las occidentales, tanto en China como en países –sobre todo del Sur Global– a los que exporta.
Pero empieza a percibirse que este desacoplamiento, o separación, también puede manifestarse en las relaciones entre Europa y Estados Unidos.
En su ya famoso –y viral– discurso en Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, observó que las grandes potencias utilizan ahora “la integración económica como arma, los aranceles como palanca y la infraestructura financiera como coacción”. En un mundo así, dijo, “la integración se convierte en la fuente de nuestra subordinación”. Europa y Canadá buscan una diversificación de sus relaciones exteriores. Con China, los europeos parecen haber abandonado la política de decoupling en favor de un recoupling controlado.
La importancia de las potencias intermedias, a las que todos cortejan, ha aumentado, como reflejan los acuerdos de la UE con Mercosur –¿se ratificará o los europeos volverán a dar un espectáculo de miopía?– y con India. En cuanto a la autonomía –ahora independencia– respecto a Estados Unidos, quizá habría que hablar antes de emancipación. Europa podría alcanzarla incluso en el terreno militar, a un coste, claro. Pero ¿realmente quiere hacerlo? Existe una profunda desunión al respecto.
Autocracia. Biden convocó durante su mandato tres “Cumbres para la Democracia”, de forma virtual, con el objetivo declarado de “renovar la democracia en casa y hacer frente a las autocracias en el extranjero”. Sin embargo, entre los invitados figuraban numerosos dirigentes sospechosos, como el brasileño Bolsonaro, el indonesio Widodo o el nigeriano Buhari, así como líderes de Angola, Congo o Irak, entre otros. La iniciativa cayó en el olvido. El intento de confrontar democracias y autocracias hace aguas desde la reelección de Trump –y el recuerdo de su actitud ante el asalto ultra al Capitolio del 6 de enero de 2021– y de su buena relación, e incluso admiración, por autócratas como Putin o Xi Jinping.
Cada vez hay más dudas sobre la vigencia de la democracia liberal en Estados Unidos bajo Trump, basada en la separación de poderes, y no solo por el uso del ICE contra inmigrantes irregulares, sino por la manipulación del poder judicial y la puesta en práctica de una ingeniería electoral destinada a garantizar que no pierda en noviembre próximo la mayoría de la que dispone en ambas cámaras del Congreso. A ello se suman la vigilancia y las restricciones a la libertad de expresión y de cátedra, entre otras medidas. John Burn-Murdoch, a partir de cálculos cuantitativos, ha concluido que el retroceso democrático de Estados Unidos en el actual segundo mandato de Trump –y llevamos poco más de un año– es “el más rápido de la historia contemporánea”, superando a Putin en Rusia, Erdoğan en Turquía y Orbán en Hungría, que necesitaron varios años para adoptar medidas similares.
El deterioro de la democracia liberal no es solo un fenómeno estadounidense. Se manifiesta en todo Occidente, incluida Europa occidental. En parte porque hoy se exige a la democracia liberal algo más que elecciones, libertades o la resolución pacífica de los conflictos sociales: se le exigen respuestas eficaces a los problemas concretos de los ciudadanos.
The Washington Post incorporó a su cabecera el lema “la democracia muere en la oscuridad” en 2017, tras la primera llegada de Trump a la Casa Blanca. Jeff Bezos, fundador de Amazon, lo había comprado en 2013. En 2024, en contra de la línea editorial anterior, se negó a que el periódico tomara partido en las presidenciales a favor de la candidata demócrata. Ahora ha anunciado el despido de un tercio de su plantilla. ¿Morirá el Post en la oscuridad? ¿Podrá recuperarse esa gran democracia? Paul Krugman cree que sí. Sin embargo, la idea imperial implica autocracia hacia el interior. Y hacia el exterior, Robert Kagan, que antes hablaba de un “imperio benevolente”, ya no lo considera así. A su juicio, Estados Unidos no solo se queda sin amigos ni aliados, sino que nos encaminamos hacia un mundo “que hará que la Guerra Fría parezca un juego de niños y el periodo posterior, un paraíso”, con una competencia y unos conflictos en constante aumento.
La ampliación de la orientación geográfica de estos términos –y habría otros– no es sorprendente. Estamos inmersos en un cambio de paradigma mundial y aún no hemos encontrado las palabras nuevas para definirlo. De ahí que recurramos a algunas antiguas, abriendo la dirección de su flecha, su sentido. Lo que plantea a Europa mucho más que un problema de lenguaje: una redefinición de su papel en el mundo que está naciendo.



