Primera proyección de la instalación de vídeo encargada “I Saw The World End” (Vi el fin del mundo), en el Imperial War Museum el 6 de agosto de 2020 en Londres, Inglaterra. GETTY.

Trump y el desmantelamiento del control nuclear

La expiración del Nuevo START erosiona una estabilidad nuclear construida durante décadas mediante instituciones que hacían el futuro previsible, hoy debilitada por un liderazgo que no ve valor en cumplir su palabra.
Stephen Holmes
 |  11 de febrero de 2026

La expiración del Nuevo START ha supuesto algo más que la eliminación de los límites numéricos a los arsenales nucleares de Rusia y Estados Unidos. La desaparición del tratado ha desmantelado un sistema de conocimiento compartido –inspecciones, intercambios de datos y regímenes de notificación– que hacía posibles compromisos creíbles.

Este desenlace refleja algo más que un simple fracaso político. Refleja la visión del mundo de Trump, lo que podríamos llamar la epistemología del negociador. Según esta concepción, el conocimiento institucional duradero no es un activo, sino una limitación. Las negociaciones no son procesos acumulativos mediante los cuales los Estados aprenden unos de otros con el tiempo, sino transacciones discretas en las que la influencia pesa más que la memoria.

De ahí la inclinación de Trump a enviar emisarios sin experiencia diplomática, como Steve Witkoff o Jared Kushner –libres del “lastre” de negociaciones previas– para resolver conflictos inmensamente complejos. En esta lógica, la inexperiencia no es una desventaja, sino una credencial.

La trayectoria empresarial de Trump, jalonada por cientos de disputas de pago con contratistas y proveedores, ofrece un microcosmos revelador. Antiguos socios describen una práctica recurrente: negociar con agresividad y, una vez entregado el servicio, reabrir la negociación, forzando a la otra parte a aceptar menos o a enfrentarse a litigios costosos. Los especialistas en derecho contractual denominan esta práctica “vender la buena voluntad”: extraer valor consumiendo capital reputacional en lugar de preservarlo.

La misma lógica se percibe en su enfoque hacia las alianzas. Su reiterada afirmación de que los aliados europeos deben “pagar” por la protección estadounidense, unida a sus insinuaciones de que Rusia debería poder “hacer lo que le dé la gana” con los miembros de la OTAN que no cumplan, se asemeja más a la extorsión que a la diplomacia tradicional de reparto de cargas.

Pero Trump no es un capo mafioso. No puede garantizar el cumplimiento de su palabra. Mientras se exige a los aliados europeos que aumenten el gasto en defensa para asegurar la protección de Estados Unidos, se siembran dudas sobre el compromiso estadounidense con la garantía de defensa mutua de la OTAN. El resultado se parece a una extorsión en la que se cobra la cuota, pero se niega la protección.

Este tipo de traición puede resultar rentable en condiciones muy específicas. Funciona mejor en interacciones puntuales, cuando las contrapartes no prevén repetir transacciones y la información sobre comportamientos pasados no circula con facilidad. El modelo de negocio geográficamente disperso de Trump –un hotel en un mercado, un casino en otro, un acuerdo de licencia en un tercero– encaja perfectamente en ese contexto.

La diplomacia internacional, sin embargo, no. Las relaciones entre Estados son necesariamente iterativas. Se observan mutuamente, comparten información y ajustan colectivamente sus expectativas. La reputación no es local, sino global y acumulativa. Un gobierno que abandona un acuerdo es juzgado no solo por la contraparte inmediata, sino por todos aquellos Estados que evalúan futuros compromisos.

Por eso la pérdida del Nuevo START tiene una relevancia que va mucho más allá de la relación entre Washington y Moscú. El tratado sostenía una infraestructura epistémica compartida: inspecciones in situ, intercambios de telemetría y notificaciones de movimientos. Estos mecanismos reducían la incertidumbre. Y en la disuasión nuclear, reducir la incertidumbre suele ser más estabilizador que reducir los arsenales. Los regímenes de verificación no son meros accesorios burocráticos del control de armamentos, sino los instrumentos mediante los cuales los Estados asumen compromisos creíbles sobre el futuro.

Cuando desaparece la verificación, la sospecha ocupa su lugar. Y en la estrategia nuclear, la sospecha se retroalimenta. Cada parte debe asumir el peor escenario respecto a las capacidades e intenciones de la otra. La respuesta racional pasa a ser la cobertura: desplegar más ojivas, elevar los niveles de alerta y acelerar los programas de modernización. La carrera armamentística, en este sentido, no siempre nace de una intención agresiva; a menudo surge de la degradación de la información.

Cuando el principal arquitecto del orden de seguridad posterior a 1945 muestra indiferencia hacia la continuidad institucional, otros Estados acortan racionalmente sus horizontes temporales. El sistema internacional se vuelve menos orientado al largo plazo, no porque los Estados se tornen súbitamente imprudentes, sino porque se erosionan los fundamentos informativos que sustentan la moderación.

Tras estas decisiones subyace un conflicto más profundo sobre el tiempo político. La distinción crucial no es entre líderes que se preocupan por el futuro y líderes que no, sino entre dos concepciones distintas de cómo se gobierna el futuro.

El tiempo institucional es acumulativo. Depende de la experiencia, los sistemas de verificación, las alianzas y la memoria. La confianza se construye lentamente y se mantiene a lo largo de administraciones e incluso generaciones.

El tiempo episódico es transaccional. Las negociaciones se convierten en encuentros dramáticos entre actores principales, en gran medida independientes del pasado y débilmente condicionados por el futuro. El éxito se mide por el resultado inmediato, no por la durabilidad del acuerdo alcanzado. Cuando Trump promete poner fin a las guerras en un día, no es solo grandilocuencia: es la negación del futuro como proceso que exige paciencia, cultivo e inversión.

La epistemología del negociador es intrínsecamente episódica. Un conocimiento profundo de la contraparte puede parecer una desventaja más que una fortaleza. Comprender las limitaciones que dieron forma a acuerdos anteriores puede interpretarse como debilidad en lugar de realismo. La memoria institucional pasa a verse como cautiverio del pasado y no como recurso para navegar el porvenir.

Pero la estabilidad nuclear pertenece al tiempo institucional. La disuasión depende no solo de capacidades, sino de expectativas previsibles sobre cómo evolucionarán esas capacidades. Cuando los sistemas de verificación se erosionan, los Estados pierden no solo restricciones, sino también marcos compartidos para interpretar el comportamiento ajeno. Las hipótesis más pesimistas se convierten en posiciones racionales por defecto.

La epistemología del negociador presupone que, si una negociación fracasa, siempre se puede abandonar y volver a intentarlo con otro interlocutor. En la estrategia nuclear no existe otro mercado, ni otra contraparte, ni una segunda oportunidad para corregir un error de cálculo catastrófico.

En el sector inmobiliario neoyorquino, esta lógica acabó encontrando su límite. Contratistas, bancos y proveedores, escarmentados por reiteradas rupturas de confianza, simplemente dejaron de hacer negocios con él. La reputación terminó alcanzando a la práctica.

No ocurrió lo mismo con el electorado estadounidense, que ha confiado en dos ocasiones la presidencia a un hombre cuya habilidad empresarial más distintiva consistía en quebrar la confianza ajena. Está por ver si las consecuencias serán graves o irreversiblemente catastróficas. Pero la expiración del Nuevo START debería dejar algo claro: la disposición de Trump a incumplir compromisos no es un problema interno de Estados Unidos, ni siquiera exclusivamente atlántico. Es un problema global. Por primera vez en más de medio siglo, unas 8000 ojivas nucleares se encuentran en dos arsenales sin límites jurídicamente vinculantes ni mecanismos de verificación. Resulta inquietante constatar que una estabilidad nuclear construida durante décadas puede desmoronarse en cuestión de meses por la acción de un líder que cree que solo los “perdedores” cumplen las promesas que hacen.

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