El presidente francés Emmanuel Macron (i) y el canciller alemán Friedrich Merz (d) llegan a una cumbre informal de la UE en el castillo de Alden Biesen el 12 de febrero de 2026 en Rijkhoven, Limburgo, Bélgica. GETTY

Irán, nuclear, avión: Un pulso nada europeísta por la defensa europea

La grave tensión entre Francia y Alemania por el predominio nacional en la Europa de la Defensa se refleja en sus diferencias sobre el futuro avión de combate, la guerra con Irán y la industria militar. La oferta nuclear francesa no bastará.
Andrés Ortega
 |  3 de marzo de 2026

Francia y Alemania dicen querer una “Europa fuerte” y “audaz” en términos militares. Macron incluso propone ampliar la disuasión nuclear francesa a otros países europeos, aunque la decisión sobre su uso seguiría siempre en manos de Francia –como no puede ser de otro modo–. Sin embargo, ambos países compiten ferozmente por ver quién lidera la “Europa de la defensa”, que en términos industriales viene a sustituir a la “Europa verde” lanzada hace cuatro años.

Los pulsos por el control tecnológico del futuro avión de combate FCAS –proyecto moribundo, aunque no muerto– reflejan los límites de la integración europea, especialmente entre París y Berlín, su eje esencial. Ante la guerra de Trump y Netanyahu –o al revés– con Irán, los europeos están divididos. Merz la apoya; Macron, a medias; Starmer ha limitado el uso por EEUU de la base conjunta de Diego García; y Sánchez destaca por su oposición clara. Entre los 27 hay algo más que simples matices.

La Europa de la Defensa es hoy más necesaria ante unos Estados Unidos de los que sigue dependiendo, pero que han dejado de ser fiables aunque continúen siendo imprescindibles. Ni París ni Berlín fueron informados previamente del ataque de EEUU e Israel contra Irán. No se han atrevido a criticarlo abiertamente y, tras los ataques iraníes contra bases francesas y británicas en la región, ambos países se muestran dispuestos a acciones militares defensivas. El régimen represivo y desestabilizador de los ayatolás era peligroso e impopular. Y tampoco estos europeos se sienten con fuerza para enfrentarse a Trump en todo.

En cuanto a la próxima generación de sistemas de combate aéreo –uno de los pilares de la defensa y la tecnología europeas de finales de la próxima década–, en Europa hay tres programas. El FCAS (Future Combat Air System), en el que trabajan Airbus Defensa y Espacio, Indra, Thales y Dassault. El GCAP (Global Combat Air Programme), impulsado por Reino Unido, Italia y Japón. Y la sueca Saab, que desarrolla evoluciones avanzadas del JAS 39 Gripen. Tres proyectos distintos. Estados Unidos, por su parte, tiene dos: el NGAD –de la Fuerza Aérea– y el F/A-XX –futuro caza naval–. Ninguno es un simple avión: todos son sistemas integrados con drones acompañantes y nubes digitales de combate.

El FCAS –aún sin nombre atractivo– se planteó inicialmente con un reparto del 33% para Francia, Alemania y España. Pero Francia –y en particular Dassault– no está dispuesta a compartir su tecnología, especialmente los sistemas clave de control de vuelo que lleva dos décadas perfeccionando, y quiere liderar el proyecto. Tampoco el presidente de la República –como tampoco sus predecesores– parece capaz, ni dispuesto, a doblegar la voluntad del máximo responsable de esta empresa estratégica. Eric Trappier ha declarado que, si no hay acuerdo, “sabemos hacerlo solos”. Y pueden hacerlo. Lo han demostrado con el Rafale, pese a las presiones estadounidenses. En su último viaje a India, Macron cerró un acuerdo para vender 114 unidades, con parte de la fabricación allí.

Una posible salida para rescatar el FCAS sería crear una empresa mixta –una joint venture– al estilo del exitoso modelo Airbus, en lugar de un reparto rígido por cuotas nacionales. Es la propuesta de Dassault: compartimentar la propiedad intelectual sin renunciar a las ventajas de una eficiencia colectiva. Tal vez la Europa de la industria de defensa –y, por extensión, la Europa industrial– deba construirse no solo sobre empresas nacionales, sino sobre consorcios integrados. La Europa Airbus.

Hay además una cuestión estratégica planteada por el propio Merz: “Tenemos que preguntarnos si dentro de 20 años seguirá siendo necesario un caza tripulado”. La autonomía de los sistemas se ha convertido en un debate central. Lo ilustra la decisión de Trump de excluir a Anthropic –creadora del modelo de IA Claude– de contratos federales tras negarse a que su tecnología pudiera aplicarse sin límites a sistemas de armas completamente autónomos.

Más allá de ello, Merz considera que la industria de defensa y el rearme son claves para sacar a la economía alemana del marasmo en el que se encuentra frente a la competencia china. Es un impulso más nacional que europeo o, si se prefiere, la Europa de los Estados está ganando terreno. Alemania apuesta por una defensa aérea basada en sistemas estadounidenses e israelíes, cerrando la puerta a la alternativa franco-británico-italiana. Y prefiere desarrollar un sistema propio de comunicaciones por satélite para sustituir a Starlink, antes que apostar por uno plenamente europeo.

Asistimos así a un pulso poco europeísta, aunque muy europeo, entre Francia y Alemania. Reino Unido ya no está en la UE, pero su peso militar sigue siendo decisivo. En París –y también en Varsovia– han sentado mal los propósitos de Merz de convertir a la Bundeswehr en “el ejército más poderoso de Europa”. El rearme alemán, apoyado en una industria propia, despierta recelos. En Polonia preocupa que una parte sustancial de los préstamos SAFE –150.000 millones en total, de los que 44.000 millones podrían corresponderle– termine en compras a Alemania. Mientras tanto, necesitado de aviones de combate hasta que llegue el futuro sistema, Merz ha optado por los F-35 estadounidenses, que Sánchez ha rechazado para España.

Conviene recordar que entre 2021 y 2025 Francia se ha convertido en el cuarto país del mundo en inversiones industriales –con iniciativas proyectadas hasta 2030–, solo por detrás de Estados Unidos –que ha registrado un crecimiento espectacular–, China e India.

Delors definió la UE como una “federación de Estados-nación”. En ella, el eje francoalemán era –y sigue siendo– esencial. Pero su mejor funcionamiento no se ha producido solo cuando coincidían plenamente en sus intereses, sino cuando han sabido cruzarlos y atender a los del otro: poder político frente a poder industrial; política agrícola común frente a integración económica; moneda única frente a reunificación alemana. Había una división del trabajo.

El pasado lunes, en plena crisis en Oriente Medio y un día después de la declaración conjunta del llamado E3 –Francia, Alemania y Reino Unido– sobre Irán, Macron pronunció un discurso en la base estratégica de la Isla Larga, en Brest. Allí anunció que permitirá a sus aliados “participar en ejercicios de disuasión nuclear”, lo que podría implicar la instalación de “fuerzas estratégicas francesas” en su territorio. París y Berlín ya habían empezado a hablar de extender la cobertura nuclear francesa ante la incertidumbre que genera Estados Unidos bajo Trump. Ahora han anunciado la creación de un grupo directivo nuclear de alto nivel. Una encuesta de diciembre indicaba que el 64% de los franceses respalda esta línea.

Ocho países europeos –Reino Unido, Alemania, Polonia, Países Bajos, Bélgica, Grecia, Suecia y Dinamarca– han aceptado participar en esta “disuasión avanzada”. España, al menos bajo Sánchez, se mantiene al margen, en coherencia con las condiciones del referéndum de 1986. Aunque el contexto internacional sea hoy muy distinto.

Francia aumentará el número de cabezas nucleares –actualmente unas 290– para disponer de más opciones en caso de escalada, aunque dejará de comunicar públicamente las cifras. “La disuasión debe seguir siendo un intangible francés”, afirmó Macron. El planeamiento y la decisión última sobre su uso seguirán exclusivamente en manos de Francia. No cabría decidirlo por mayoría, ni por unanimidad. Además, Francia, Alemania y Reino Unido trabajarán juntos en proyectos de misiles de muy largo alcance en el marco de ELSA (European Long Range Strike Approach). ¿Contra quién? No se dijo, pero se entiende que frente a un eventual chantaje o ataque nuclear ruso.

Es una cuestión esencial para Europa, que refuerza el peso estratégico de Francia –y, en menor medida, del Reino Unido–. ¿Será creíble? A la luz de todo lo anterior, está por ver. El discurso estaba previsto antes del ataque de Israel y EEUU. Salvo por el sentimiento de orfandad europea, difícilmente parecía el momento más adecuado. Macron, sin embargo, decidió no aplazarlo en medio de una gran incertidumbre regional, global y europea, cuando algunos aliados de Trump hablan ya de una “Europa patética”.

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