Explosión en la zona industrial, causada por escombros después de que la defensa aérea interceptara un dron iraní, según la oficina de medios de Fujairah, el 5 de marzo de 2026, en Fujairah, Emiratos Árabes Unidos. GETTY

Las difíciles decisiones del Golfo

Para los seis Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), la paciencia estratégica puede ser, por ahora, el enfoque más prudente ante la guerra con Irán. Pero cuanto más se prolongue el conflicto, más se erosionará la credibilidad de la región como centro global estable. Una vulnerabilidad que la República Islámica está decidida a explotar.
Don Aviv y Sam Worby
 |  13 de marzo de 2026

Estados Unidos e Israel han lanzado una guerra que los Estados del Golfo invirtieron grandes esfuerzos diplomáticos en tratar de evitar. Ahora se encuentran con que sus infraestructuras civiles son atacadas diariamente.

Si hay algún aspecto positivo en la guerra, es que, al responder de forma tan amplia, Irán ha disipado los temores de que estuviera fomentando divisiones entre los países del Golfo. En los últimos meses, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí se habían situado en bandos opuestos en conflictos armados en Sudán y en el sur de Yemen. Pero ahora el Golfo está unido en su indignación contra Irán por su agresión, en su frustración con Estados Unidos por ignorar sus advertencias y en su incertidumbre sobre lo que vendrá después.

El hecho de que Irán esté atacando infraestructuras y bases estadounidenses en todo el Golfo responde a una estrategia deliberada. Comentaristas de la televisión estatal iraní han señalado que Kuwait era un floreciente centro global antes de 1991, pero que nunca recuperó plenamente ese estatus tras la Guerra del Golfo. La República Islámica parece reconocer que obligar a Estados Unidos a volver a la mesa de negociaciones requiere no solo perturbar los mercados energéticos mundiales, sino también aprovechar el daño que está infligiendo a la reputación del Golfo como región segura y estable.

Los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo no tienen buenas opciones. Impulsar la diplomacia con demasiado entusiasmo podría enfadar a un presidente estadounidense decidido a lograr una victoria absoluta. También correría el riesgo de legitimar a un régimen que ha atacado al CCG de forma abierta y a una escala sin precedentes. Cada vez más, los países del Golfo se sienten frustrados por haber perdido su capacidad de influir en los resultados clave en su propio vecindario.

Esta frustración ha alimentado especulaciones de que Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí o incluso Qatar podrían actuar ofensivamente contra Irán, sumándose de facto a la guerra. Informes casi diarios –a menudo de origen israelí y siempre rápidamente desmentidos– han afirmado que esas operaciones ya están en marcha.

Los Emiratos Árabes Unidos son el principal foco de estas especulaciones. Tras llevar a cabo una extraordinaria operación defensiva frente a un volumen excepcional de ataques iraníes, podría argumentarse que los EAU deberían restablecer la disuasión atacando objetivos iraníes. Pero los dirigentes emiratíes han sido cautos a la hora de asumir un papel beligerante, dados los riesgos que ello implica.

Arabia Saudí ha recibido menos ataques y ha mantenido un control más estricto sobre la información. Pero los saudíes se han considerado históricamente líderes dentro del CCG y podrían buscar oportunidades para reafirmar ese papel. Idealmente, cualquier iniciativa que emprendieran abriría el camino hacia una resolución diplomática, pero dada la magnitud de las capacidades militares del reino, es fácil entender por qué los israelíes parecen querer su implicación.

También conviene preguntarse si las dinámicas competitivas dentro del CCG podrían reaparecer a medida que continúe la guerra. Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí compiten por posicionarse como el socio imprescindible en el Golfo del presidente estadounidense Donald Trump. Si Trump mostrara un fuerte interés en que los países del Golfo participaran en ataques contra Irán, uno o varios líderes del Golfo podrían ver una oportunidad para ganar terreno frente a sus rivales. Una vez que un Estado del Golfo atacara a Irán, podría generarse presión para que los demás siguieran el mismo camino.

Por ahora, la prioridad en todo el Golfo es detener los ataques iraníes, reabrir las rutas de tránsito y restaurar la producción energética. Pero estos Estados también son muy conscientes de que, si la República Islámica emerge de este conflicto intacta y sin moderarse, se sentirá envalentonada y podría tener más incentivos para perseguir la obtención de un arma nuclear.

Dada la gravedad de la agresión iraní, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, en particular, solo respaldarán una solución que reduzca de forma significativa la amenaza de nuevos ataques iraníes. Si la diplomacia no logra ese resultado, los EAU, Arabia Saudí y otros países del Golfo podrían, individual o colectivamente, considerar otras opciones.

La postura más probable del Golfo a corto plazo es la paciencia estratégica –irónicamente, un enfoque que Irán mismo ha favorecido durante mucho tiempo. Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, especialmente, seguirán de cerca la evolución de la guerra, buscando, quizá en vano, señales de que Estados Unidos e Israel cuentan con una estrategia coherente con objetivos alcanzables.

Si parece posible un resultado decisivo, los EAU y quizá también el reino saudí podrían sumarse al esfuerzo, aportando poder aéreo u otros recursos en un momento relativamente bajo en riesgos, cuando la coalición estadounidense-israelí parezca ya encaminada a la victoria. Si, por el contrario, el conflicto empieza a parecerse a un atolladero prolongado, el Golfo se inclinará hacia la facilitación diplomática, tratando de generar salidas negociadas que Estados Unidos pueda aceptar sin parecer que cede.

La paciencia estratégica puede ser la opción más sensata por ahora, pero cuanto más se prolongue la guerra, más se erosionará la credibilidad del Golfo como centro global estable. Y, sin embargo, si los países del CCG son percibidos como impulsando a Estados Unidos hacia la diplomacia –algo coherente con la estrategia iraní de presionar al Golfo para que presione a Washington– se establecería un precedente peligroso. La próxima vez que Irán quiera algo de Estados Unidos, solo tendría que atacar al CCG para conseguirlo.

Por supuesto, los países del CCG podrían considerar una desvinculación parcial de Estados Unidos. En el pasado han coqueteado con equilibrar su relación con Washington buscando asociaciones con China, que tiene intereses vitales en Oriente Medio y está insinuando su disposición a ayudar a resolver el conflicto actual. Pero la principal preocupación de China –mantener el flujo de sus importaciones energéticas– puede abordarse sin grandes inversiones en seguridad ni confrontación geopolítica con Estados Unidos. Su estrategia actual funciona, y es poco probable que cambie a menos que el orden regional colapse por completo.

Ni una ofensiva directa de los Estados del Golfo ni un acuerdo que ponga fin a la guerra parecen probables en el corto plazo. Pero, ante la ausencia de una estrategia clara de Estados Unidos para la región, el Golfo tratará de influir más activamente en el curso de los acontecimientos. Uno o varios de estos países, de forma conjunta o individual, acabarán por defender su propia visión de cómo debería terminar la guerra estadounidense-israelí contra Irán.

Copyright: Project Syndicate (2026). www.project-Syndicate.org

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