El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha cumplido su amenaza de bombardear Irán, a pesar de mantener abierta una mesa de negociación. El pasado 28 de febrero, en una operación conjunta con Israel, inició una guerra contra la República Islámica al margen de la legalidad internacional y sin consultar siquiera al Congreso de su país. En el primer día, la aviación israelí, con información de la CIA, asesinó al líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, y a medio centenar de altos cargos y jefes militares. El golpe, que aprovechó la debilidad interna y externa del régimen de Teherán, ha causado una profunda incertidumbre entre los iraníes y ha puesto en peligro la estabilidad de todo Oriente Próximo.
Operación Furia Épica
Desde el principio de la Operación Furia Épica, Trump y los miembros de su Administración enviaron señales contradictorias sobre el objetivo. Acabar con el programa nuclear, provocar un cambio de liderazgo o la implosión del sistema, eliminar la amenaza de los misiles balísticos y el apoyo a las milicias afines, destruir su fuerza naval… fueron argumentos que se alternaban y combinaban de forma aleatoria, según quién hiciera las declaraciones. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se mostró más consistente al precisar que la intervención de su Ejército buscaba “el fin de la República Islámica”. Parece evidente que ni Washington ni Tel Aviv se embarcaron en esta misión pensando en la población. Cuando empezó la guerra, el presidente norteamericano ya había olvidado su exhortación a los “patriotas iraníes” para que siguieran protestando porque, les aseguraba, “la ayuda está de camino”.
«Parece evidente que ni Washington ni Tel Aviv se embarcaron en esta misión pensando en la población»
En todo caso, los miles de muertos (3.117 según datos oficiales, hasta diez veces más según activistas de derechos humanos) que causó el aplastamiento de las manifestaciones antirégimen de finales del año pasado y principios de este, se utilizaron como pretexto. Era la cuarta vez desde 2017 que los iraníes salían a la calle por todo el país para protestar y, como entonces y de nuevo en 2019, la chispa fue la situación económica.
Seis años con una inflación por encima del 30% (casi el doble para los alimentos) habían acabado con la clase media y sumido en la pobreza a los trabajadores. Al mismo tiempo, sufrían cortes de agua y electricidad a pesar de vivir sobre las segundas reservas de gas y las terceras de petróleo del mundo. Su hartazgo también se alimentaba de la falta de derechos y libertades, a lo que se suma la brecha generacional (el 80% de los 93 millones de ciudadanos no había nacido cuando se aprobó en referéndum la República Islámica o no tenía edad de votar). Significativamente, las víctimas de la represión, incluidos al menos 30.000 heridos y unos 50.000 detenidos, constituían un amplio muestrario social, económico y étnico de Irán. Una gran parte de ellas eran muy jóvenes: adolescentes y veinteañeros que soñaban con una vida mejor.
Igual que en 2022 tras la muerte de una joven detenida por llevar mal puesto el velo, los eslóganes enseguida se tornaron políticos, cuestionando el sistema islamista y su máxima autoridad, Jameneí, el hombre que dirigía Irán con puño de hierro desde 1989. Los habituales gritos de “Muerte al dictador”, en su día proferidos contra el último shah, se alternaban esta vez con los más inesperados de apoyo a Reza Pahlaví, el hijo de aquel rey derrocado por la revolución. A la semana de iniciarse las protestas, el príncipe heredero, residente en EEUU, hizo el primer llamamiento directo a sus compatriotas para que se manifestaran. En ocasiones anteriores, se había limitado a expresar apoyo y criticar a la República Islámica.
Sin oposición organizada
A tenor de la hiperactividad en redes sociales de los partidarios de Pahlaví, podría parecer que los iraníes se habían vuelto monárquicos. La falta de una oposición organizada tenía mucho que ver. Dentro de Irán, se silenciaban las voces críticas. Incluso los reformistas que un día proyectaron la ilusión de un cambio desde dentro del sistema terminaron encarcelados. Los disidentes que habían escapado a la muerte o la prisión estaban en el exilio, divididos y enfrentados. Tras el intento fallido hace tres años de formar una coalición opositora para promover un giro democrático, el príncipe reforzó el envite. Sin negar su tirón, muchos le apoyaban a falta de una mejor alternativa. Otros cuestionaban sus relaciones con Israel o que alentara las protestas sin prever las consecuencias.
Nunca antes la respuesta del aparato de seguridad ante el descontento de los iraníes fue tan violenta ni causó tantas víctimas. ¿Qué provocó tal ensañamiento? La mayor debilidad de un régimen que percibió el estallido popular como una amenaza existencial. Desde el ataque de Hamás a Israel de octubre de 2023, aplaudido por los dirigentes iraníes, el Estado hebreo había degradado las capacidades de varias milicias afines (el Hezbolá libanés, los hutíes yemeníes) y humillado a sus responsables militares con varios asesinatos en el corazón de Teherán. A esto se sumó la caída de su aliado Bashar al Asad en Siria. Para remate, el bombardeo, junto a EEUU, de las instalaciones nucleares el año pasado selló el fracaso de su estrategia de seguridad. Además de no servir de protección frente a sus enemigos, el programa atómico, que costó al país tres décadas de aislamiento y falta de desarrollo, solo había dejado una economía en ruinas.
Esa conjunción de falta de legitimidad interna y pérdida de sus tradicionales apoyos externos dio la oportunidad a los partidarios de la guerra. Es objeto de especulación si Netanyahu convenció a Trump de que era el momento o éste ya estaba convencido. Las declaraciones al respecto también han sido contradictorias. Pero esa misma lectura de un país frágil y asediado, hizo que muchos iraníes, sobre todo entre los seis millones de la diáspora, vieran el colapso de la República Islámica al alcance de la mano. En su desesperación por librarse de la opresión de la teocracia, y a pesar de ser una población especialmente refractaria a la injerencia extranjera, numerosos iraníes celebraron el inicio de la intervención militar y, sobre todo, el asesinato del dictador.
La desaparición del arquitecto de la fallida estrategia de defensa iraní no acabó de inmediato con un sistema muy institucionalizado. Además, desde hace tiempo se preparaba para dicha eventualidad, fuera por la muerte natural de un líder que ya tenía 86 años o porque, como se entreveía desde la guerra de 2025, Israel lo tuviera en su punto de mira. Casi de forma automática, y de acuerdo con el artículo 111 de la Constitución, Teherán anunció la formación de un Consejo de Liderazgo formado por el presidente del gobierno, Masud Pezeshkian; el jefe del Poder Judicial, Gholamhosein Mohsení-Eyeí, y el alfaquí Alireza Arafí. Su tarea: mantener el rumbo hasta el nombramiento de un sustituto para Jameneí. La aviación israelí tenía órdenes de dificultar ese paso. Tres días después de acabar con la vida de la máxima autoridad política y religiosa de Irán, bombardeaba el lugar donde iba a reunirse la Asamblea de Expertos, el cónclave de 88 clérigos chiíes responsable de la decisión.
La búsqueda del ‘designado’
¿Quién iba a ser el designado? A Israel le daba igual. En medio de especulaciones sobre los apoyos del núcleo duro del régimen a Mojtaba Jameneí, segundo hijo del líder asesinado, el ministro israelí de Defensa, Israel Katz, advirtió de que cualquier sucesor “será un blanco claro para su eliminación”. Desde Estados Unidos, el presidente Trump adoptó otra postura. Tras manifestar que Mojtaba no era “aceptable” como sucesor, declaró: “Yo debería estar implicado en la elección del próximo líder supremo de Irán”.
«Para Trump, Mojtaba no es “aceptable” como sucesor, y cree que él debería estar implicado en la elección del próximo líder supremo de Irán»
Más allá de reavivar las comparaciones con su intervención en Venezuela, evidenciaba que no tenía ni idea de cómo funcionaba el velayat-e faqih, la doctrina política y religiosa establecida por el ayatolá Ruholá Jomeiní, fundador de la República Islámica. Y finalmente, Irán ha optado por desafiar tanto a Israel como a Estados Unidos proclamando el 9 de marzo como nuevo líder supremo a Mojtaba Jameneí, apostando por la opción dinástica pese a su contradicción con las trazas democráticas de la República Islámica.
Da la impresión de que Trump se sorprendía de que ni su poderoso despliegue militar, ni los intensos bombardeos sobre instalaciones militares y estratégicas, ni la decapitación del régimen hubieran abierto una brecha en la oligarquía gobernante. “No tienen Armada, no tienen Fuerza Aérea. No tienen defensas antiaéreas… Lo único que tienen son agallas”, admitió, no está claro si admirado o contrariado. Ante la falta de resultados rápidos, como le gusta al presidente norteamericano, su Administración filtró que se planteaba armar a grupos kurdos iraníes para que acosaran al aparato de seguridad, en un intento de que el conflicto interno perdiera capacidad de proyectar poder fuera de sus fronteras. El objetivo: la Guardia Revolucionaria, el ejército ideológico que constituye la espina dorsal del régimen, y a cuyos integrantes Trump ha pedido que “abandonen las armas o [encontrarán] una muerte próxima”.
Hay un amplio consenso entre quienes conocen la región kurda (que se extiende por Irak, Siria y Turquía, además de Irán) de que activar esas milicias equivale a acercar una antorcha a un polvorín. Y lo mismo podría decirse de otras minorías étnicas que históricamente se han sentido discriminadas por Teherán, como los baluchís o los árabes, que en el pasado ya atentaron contra el gobierno central. Sería el primer paso hacia una guerra civil.
Este panorama preocupaba a los vecinos de Irán. Con las monarquías de la península Arábiga a la cabeza, intentaron frenar el ímpetu bélico de Trump. Temían las consecuencias para su imagen de oasis seguros y sus planes de desarrollo. Pero esa neutralidad no les protegió de las represalias de un régimen en lucha por la supervivencia. La contraofensiva iraní alcanzó desde el primer día no solo a Israel, sino también a Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Kuwait, Arabia Saudí e incluso Omán, un país que hasta el último momento había estado mediando entre Washington y Teherán. Un comunicado del Consejo de Cooperación del Golfo, que agrupa a esos seis Estados, calificó la seguridad de sus miembros de “indivisible” y afirmó su derecho a defenderse.
Los iraníes, al margen
Si los militares iraníes intentaban que sus ataques a instalaciones energéticas e infraestructuras civiles llevaran a las petromonarquías a presionar a EEUU para que decretara un alto el fuego, estaban consiguiendo todo lo contrario. Llegados a cierto punto, los autócratas de esos países empezaron a temer que parar la guerra les dejara en una posición aún peor de la que estaban. La supervivencia de la República Islámica suponía tener enfrente un régimen no solo hostil, sino herido en su orgullo y deseoso de venganza, con el que difícilmente iban a poder reparar, sin embargo, los lazos rotos. A pesar de las elucubraciones al respecto, pocos esperaban que se unieran a la ofensiva israel-estadounidense.
Ausentes de todo este debate geopolítico quedaban los iraníes, a quienes ni Trump ni nadie ha preguntado por sus deseos. La alegría por la desaparición de Jameneí de buena parte de la población corría el riesgo de apagarse a medida que los daños de los bombardeos y las subsiguientes penurias se extendían. Pero, sobre todo, les preocupaba la falta de una alternativa al régimen que Israel y EEUU buscaban aniquilar. Mientras los defensores de la República Islámica se atrincheraban y reforzaban la represión interna gracias a su monopolio de las armas y la penetración de sus servicios secretos, quienes llevaban años luchando por la libertad, el pluralismo y la tolerancia veían con desmayo que sus autoproclamados salvadores se mostraban dispuestos a respaldar a cualquier vendepatrias que les garantizara sus intereses estratégicos y comerciales.
A pesar del decaimiento del sistema, el ataque estadounidense no garantizaba su colapso ni que fuera reemplazado por otro mejor. La posibilidad de que la Guardia Revolucionaria tomara el mando de forma directa y aparcara la ideología islamista para concentrarse en el desarrollo económico y aligerar las restricciones sociales, se quedaba muy corta ante las aspiraciones democráticas. Tampoco la dividida oposición externa, enfrascada en vendettas que producían sonrojo, ofrecía una opción creíble. Daba la impresión de que esa mayoría de iraníes que quiere el fin de la República Islámica (entre el 70% y el 80%, según estimaciones) hubiera chocado con un muro.
En el momento de redactar este artículo, la guerra seguía en marcha. Imposible predecir cuánto tiempo más duraría el sufrimiento de los iraníes antes de librarse de la dictadura que les atenazaba. La República Islámica decía prepararse para una guerra larga. Y el presidente Trump declaraba que no habría acuerdo con Irán salvo “la rendición incondicional”.



