En 1941, profundamente conmocionado por los acontecimientos que se estaban desarrollando en Europa, Churchill se refirió a ellos como “un crimen sin nombre”. Fue Lemkin quien, en 1944 y en un acto de voluntad casi demiúrgica, rescató aquel espanto del vacío semántico al acuñar el término “genocidio”.
La era de los genocidios: Desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad
José Ángel López Jiménez
Almuzara, 2025
240 págs.
“¿Qué es un genocidio?”. Con esta pregunta inaugural, formulada a modo de aldabonazo, abre José Ángel López Jiménez La era de los genocidios. Ya desde las primeras páginas, el autor nos advierte de que la banalización del término, a menudo empleado en la arena mediática y política con una frivolidad alarmante, no es inocua. Cuando todo es genocidio, nada lo es. Esta advertencia justifica por sí sola una obra que nace con una marcada vocación divulgativa.
El itinerario hacia la respuesta se traza mediante una reconstrucción histórica y normativa del concepto, a través de la que López Jiménez entreteje dos hilos narrativos: el análisis casuístico de los episodios más ilustrativos de genocidio y la evolución jurídica que lo ha codificado, con el fin de prevenirlo y castigarlo.
«No se ofrecen soluciones fáciles porque no las hay»
En el plano histórico, la crónica del horror parte de la Segunda Guerra Mundial y se adentra en el siglo XXI. El recorrido abarca desde las purgas estalinistas y la maquinaria industrial del Holocausto hasta los delirios de Mao en China o de Pol Pot en Camboya. El relato se demora con exhaustividad en los genocidios de Srebrenica y Ruanda. Cartografía asimismo otras tragedias más recientes como el drama de Darfur, el calvario del pueblo yazidí o la persecución de los rohinyás.
El mapa del exterminio se completa, inevitablemente, con los conflictos que hoy mismo dictan la actualidad y desafían nuestra conciencia, como la agresión rusa a Ucrania y la devastación de los ataques israelíes en Palestina. La enumeración, lejos de ser un catálogo apresurado, se acompaña de un análisis contextual que evita simplificaciones y subraya las particularidades de cada episodio. Pese a la diversidad de los paisajes de fondo, todos convergen en el mismo propósito de aniquilar o mermar a un grupo humano de la faz de la tierra.
En paralelo a este recorrido casuístico, la obra disecciona la arquitectura jurídica del genocidio. El análisis arranca en el debate fundacional entre Lauterpacht y Lemkin (la tensión intelectual entre la protección del individuo y la del grupo) que prefiguró los tipos penales de Núremberg. Prosigue con el estudio de la histórica Convención de 1948 para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio y examina posteriormente la plasmación judicial que representaron los tribunales ad hoc para la antigua Yugoslavia y Ruanda. El proceso culmina en el Estatuto de Roma, con el que se materializa la Corte Penal Internacional, ese ambicioso intento de institucionalizar una justicia penal de alcance global.
La conclusión, tan inquietante como previsible, apunta al desequilibrio de una Corte Penal Internacional que procesa casi exclusivamente a dirigentes africanos, mientras las grandes potencias eluden el compromiso con el Estatuto de Roma. Se trata de un recordatorio incómodo del doble rasero que lastra cualquier esperanza de universalidad. Esta asimetría, que no es nueva, resulta especialmente desoladora en un escenario de desorden internacional y ambiciones geopolíticas expansionistas.
No se ofrecen soluciones fáciles porque no las hay. El mérito del libro radica en su perspectiva panorámica y en la claridad con la que ilumina el genocidio como un tipo jurídico basado en la intención específica de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Aunque contiene una bibliografía exhaustiva, no pretende erigirse en un tratado académico, sino en una guía rigurosa y accesible para un público amplio que necesita herramientas conceptuales sólidas.
En un tiempo de narrativas enfrentadas, donde la acusación de genocidio se convierte con demasiada frecuencia en arma arrojadiza, es preciso recordar que las palabras importan y que su desgaste tiene un precio. Si Churchill se refirió a un “crimen sin nombre” porque el lenguaje aún no alcanzaba a describir el horror, hoy nos acecha el riesgo opuesto: contar con el término pero desnaturalizarlo, con el riesgo de que un uso impreciso desvirtúe la gravedad de la realidad que busca nombrar.


