El nombre de esta sección –Mirar un mapa– no es casual. Los mapas no solo representan el dibujo de la geografía sino que, con ello, orientan nuestro pensamiento sobre la misma. Hace falta ver representada sobre el papel lineado de la cartografía la estrechez infinitesimal del estrecho de Ormuz o del corredor de Suwalki para comprender, en su totalidad, la complejidad geopolítica de estas zonas.
Pero, como cualquier producto de la mano del hombre, ya sea un texto o un dibujo, los mapas llevan la impronta de su autor. En tanto que ningún modelo cartográfico ha sido capaz de representar con un cien por cien de precisión la esfera del planeta aplanada sobre un folio, es vital recordar que cada mapa es el resultado final de un compromiso, determinado por el cartógrafo, entre variables inversamente proporcionales: forma y área. Así, las proyecciones de Mercator y de Miller, que preservan la forma de los continentes y mantienen, podríamos decir, “limpios” sus contornos, exageran, casi de forma hiperbólica, el área que ocupan. Por el contrario, los modelos de Hobo-Dyer y Mollweide respetan el tamaño de los continentes a escala, pero distorsionan horriblemente sus formas convirtiendo a Groenlandia y la Antártida, por ejemplo, en islas angostas aplastadas contra los lados del planisferio rectangular.
Cada modelo tiene su utilidad y sus limitaciones. El plano de Mercator, por ejemplo, es el más utilizado para la navegación, dado que la matemática de su proyección permite que una línea recta trazada en el mapa equivalga a un rumbo constante. Fue diseñado en 1569 por el cartógrafo holandés que le da nombre, Gerardus Mercator, y allanó el camino de las grandes travesías marítimas y los descubrimientos europeos en la era de los imperios. Aún hoy es el que utilizamos cuando caminamos, errabundos, guiados por Google…


