Rusia aspira a un sistema en el que todos sigan formalmente el derecho internacional, mientras que unos pocos puedan infringirlo con impunidad. Lejos de validar plenamente esta visión, la crisis en Oriente Medio parece poner de relieve los límites del papel de Moscú en ese entorno.
De hecho, las grandes potencias están adoptando decisiones estratégicas sin tener necesariamente en cuenta a Rusia, lo que sugiere una evolución respecto a etapas anteriores en las que Moscú era considerado un actor relevante en la región.
Mucho se ha escrito sobre los riesgos y consecuencias de la guerra estadounidense contra Irán: la posible vulneración del derecho internacional, la erosión de normas ya frágiles y el peligro de una escalada regional difícil de contener. Incluso desde una perspectiva más realista de las relaciones internacionales –donde las dinámicas de poder prevalecen sobre las reglas–, una guerra sin estrategia clara ni objetivos definidos difícilmente puede considerarse un éxito.
El propósito de este artículo, sin embargo, no es insistir en ese diagnóstico, sino cuestionar otra narrativa que se ha extendido rápidamente: la idea de que este conflicto constituye, de algún modo, una victoria para Moscú.
Numerosos análisis parten de una premisa aparentemente sólida: a medida que el conflicto se prolonga, los precios del petróleo aumentan y Rusia podría beneficiarse de mayores ingresos, lo que ofrecería cierto alivio a su economía, incluso en el actual contexto de alto el fuego y negociaciones. Pero, ¿hasta qué punto es así? Y aun en el caso de que Rusia obtenga beneficios adicionales, ¿implica eso necesariamente una ganancia estratégica para el Kremlin? Para responder a estas preguntas, conviene empezar por una cuestión más fundamental: ¿qué condiciones permitirían a Vladimir Putin considerarse vencedor?
La lógica de gran potencia del Kremlin
Incluso si se acepta que el sistema ruso presenta rasgos de cleptocracia, donde el enriquecimiento personal forma parte del funcionamiento de las élites, el bienestar económico nunca ha sido el principal motor de las decisiones del Kremlin. Si lo fuera, Moscú probablemente no habría lanzado la invasión a gran escala de Ucrania ni sostenido durante años un conflicto de alta intensidad con enormes costes humanos y económicos.
Tampoco habría rechazado determinadas propuestas de negociación que, desde una perspectiva occidental, podían parecer ventajosas. Esta divergencia refleja una cuestión más profunda: la tendencia de Occidente a proyectar su propia racionalidad sobre un sistema que responde a lógicas distintas.
Para el Kremlin, lo central sigue siendo el reconocimiento como gran potencia, capaz de proyectar influencia más allá del espacio postsoviético: en América Latina, África, Oriente Medio o Asia. En este contexto, los posibles beneficios derivados del aumento de los precios del petróleo difícilmente compensan un retroceso más amplio en su posición geopolítica.
Beneficios económicos inciertos
Además, esos beneficios no están garantizados. Los ataques con drones contra infraestructuras energéticas rusas han afectado de manera significativa su capacidad exportadora. Puertos clave como Ust-Luga, Primorsk o Novorossiysk han sufrido daños o interrupciones parciales.
Según estimaciones de mercado citadas por Reuters, hasta un 40 % de la capacidad exportadora de petróleo podría haber sido temporalmente afectada. Esto no solo reduce los volúmenes disponibles, sino que complica la logística, al requerir desvíos hacia infraestructuras alternativas que no siempre están preparadas para absorber ese flujo.
A ello se añade un segundo factor: incluso en un contexto de precios elevados, Rusia continúa vendiendo su petróleo con descuentos significativos –entre 20 y 30 dólares por barril– a compradores como China e India.
En paralelo, la situación macroeconómica sigue siendo frágil: crecimiento limitado, déficit presupuestario en aumento y problemas estructurales que no pueden resolverse únicamente con mayores ingresos energéticos. Como ha señalado la economista Alexandra Prokopenko, la economía rusa podría encontrarse en una especie de “zona de la muerte”, donde los recursos se consumen más rápido de lo que pueden reponerse.
Un papel estratégico más limitado
Si los beneficios económicos son inciertos, el panorama estratégico parece más claro. Durante años, Vladimir Putin ha defendido una visión del orden internacional basada en esferas de influencia y equilibrios de poder. En teoría, la crisis en Oriente Medio podría parecer coherente con ese enfoque. En la práctica, sin embargo, también pone de manifiesto sus límites, así como el margen de influencia real de Rusia en el actual contexto.
La intervención estadounidense en Irán sugiere que Washington puede actuar sin considerar de manera determinante la reacción de Moscú. Este tipo de dinámicas apunta a un cambio respecto a periodos anteriores, en los que Rusia era percibida como un actor cuyo posicionamiento debía tenerse en cuenta.
Asimismo, la evolución reciente de varios socios de Moscú –desde Oriente Medio hasta América Latina– plantea interrogantes sobre la solidez de sus alianzas y su capacidad de proyección internacional.
Dimensión psicológica y limitaciones políticas
Existe también una dimensión psicológica que no debe subestimarse. La eliminación de líderes extranjeros mediante intervención directa puede evocar precedentes como el caso de Gadafi, que tuvo un impacto significativo en la percepción del Kremlin sobre su propia vulnerabilidad.
En un contexto en el que el territorio ruso también ha sido objeto de ataques con drones, este tipo de acontecimientos puede influir en la percepción de riesgo en Moscú y reforzar una lógica más reactiva que proactiva. Al mismo tiempo, Rusia parece limitar su respuesta diplomática, en parte debido a su propio cálculo estratégico en otros escenarios, como el conflicto en Ucrania, lo que reduce su margen de maniobra y visibilidad en la crisis actual.
Es probable que el Kremlin trate de aprovechar cualquier aumento de los precios energéticos para sostener su esfuerzo económico y militar. Sin embargo, desde una perspectiva estratégica, resulta difícil interpretar la guerra en Irán como una victoria clara para Rusia.
Más allá del resultado inmediato del conflicto, la cuestión central es el papel de Rusia en el sistema internacional. Las dinámicas actuales sugieren una tendencia en la que Moscú influye menos en la configuración de los acontecimientos y se ve más condicionado por ellos.
La cuestión de fondo, por tanto, no es quién “gana” en el corto plazo, ni el balance económico –incluidos los precios del petróleo–, sino el cuadro estratégico más amplio: una Rusia que cada vez influye menos en la configuración de los acontecimientos y se ve más obligada a reaccionar ante ellos, a la espera de que factores externos abran algún margen de ventaja.
En ese sentido, el momento actual encierra una cierta ironía histórica: el mundo más duro y regido por la lógica del poder que Putin ha defendido durante años puede estar tomando forma. Pero no necesariamente con Rusia en una posición central.
Artículo traducido del inglés, publicado originalmente por el Istituto Affari Internazionali (IAI).
