Peter Magyar habla con los medios de comunicación al día siguiente de la aplastante victoria de Tisza sobre su rival Fidesz en las elecciones parlamentarias húngaras celebradas el 13 de abril de 2026 en Budapest, Hungría. GETTY.

Hungría vuelve a Europa

Péter Magyar contará con un plazo de cuatro meses para restablecer la confianza con la Comisión Europea y desbloquear los fondos retenidos por la deriva autoritaria de Orbán.
Jorge Raya Pons
 |  15 de abril de 2026

Las encuestas independientes no fallaron. Péter Magyar, un antiguo aliado de Viktor Orbán que saltó del barco para abanderar a la oposición, obtuvo un triunfo electoral incontestable. El 54% de las papeletas llevó el nombre de Tisza –llamado como el gran río que atraviesa Hungría, y a la vez como acrónimo de Tisztelet es Szabadsag (Respeto y libertad, en castellano)– con una participación del 79,5%, la más alta desde que viven en democracia. Fidesz, el partido de Orbán, perdió por 16 puntos de diferencia. Un factor clave fue que tres de cada cuatro jóvenes le dieron su voto a Magyar por sus promesas de regeneración. Ahora el próximo primer ministro afronta el reto descomunal de hacer valer su palabra. Tendrá que reformar la Constitución y un sistema carcomido durante 16 años con una mayoría de más de dos tercios del Parlamento, cuatro años por delante y un presupuesto para 2026 que el gobierno de Orbán consumió en tres cuartas partes en los primeros tres meses del año para llenar los bolsillos de los votantes antes de las elecciones.

Algunos de los deseos de Magyar, como meter a Hungría en el club del euro, son metas presumiblemente inalcanzables en un solo mandato. Otros, como paralizar la construcción acordada con Rusia de dos nuevos reactores nucleares, medirán su determinación de cambio. Antes, Magyar tendrá que abordar asuntos más urgentes, como ganarse la confianza de los aliados europeos y sacar a la economía del hoyo en que la metió Orbán. El nuevo gobierno entrará en sus despachos en mayo. Magyar, sin embargo, está adelantando trabajo. La primera misión de Magyar es desbloquear los 18.000 millones de euros de fondos comunitarios que Hungría dejó de recibir por la deriva autoritaria de su predecesor. A estos hay que sumar 16.000 millones de euros en préstamos para el rearme y una multa de un millón de euros al día por incumplir la ley de migración y asilo. Magyar sabe que tiene una fecha límite antes de que los fondos congelados se pierdan, y esa fecha es agosto. El margen, de acuerdo con el propio Magyar, es “extremadamente estrecho”. Lo que también sabe es que la Comisión Europea está abierta a liberarlos rápidamente si percibe que la voluntad es buena.

El próximo primer ministro de Hungría dio un respiro a sus socios al adelantar que, tan pronto como sea posible, levantará su veto al préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania. Un salvavidas para Kyiv, que corría el riesgo de quedarse sin fondos este mismo año, y un guiño para Bruselas. Budapest no es una parte contributiva de este esfuerzo. Orbán, sin embargo, recurrió a su capacidad de veto para sabotear a Ucrania. En las capitales europeas ya diseñan una línea de actuación para evitar la parálisis si emerge, en algún lugar, otro Orbán.

Magyar dio el primer paso en la dirección deseada por Bruselas. El siguiente será presentar una hoja de ruta para restaurar la separación de poderes, garantizar la libertad periodística y académica y combatir la corrupción. Magyar, en este sentido, pretende abrir las puertas del país a la Fiscalía Europea. Orbán se negó a ello durante años por una cuestión de “soberanía”. Al menos, eso decía. El todavía primer ministro dejó la lucha contra la corrupción en manos de una Fiscalía húngara controlada por su propio círculo. El Financial Times, citando informes del organismo anticorrupción de la Unión Europea (OLAF), reveló que Hungría devolvió “menos de una quinta parte de los fondos señalados por Bruselas como potencialmente fraudulentos entre 2015 y 2024”. Solo recuperaron 250 millones de los 1.400 millones que debían volver al presupuesto comunitario por ser los procesos de adjudicación sospechosamente irregulares.

Hungría lidera los índices de corrupción de la Unión Europea. La familia de Orbán y una camarilla de aliados se han lucrado con cientos de millones de euros mediante, entre otras cosas, la adjudicación de contratos costeados con fondos comunitarios. Una finca con mansión de los Habsburgo se ha convertido en el gran símbolo del expolio. Buena parte de la sociedad húngara se escandalizó ante la excentricidad de que, en esa propiedad, pastaran cebras. La cifra definitiva de la corrupción es difícil de determinar por la propia obstrucción de la fiscalía húngara. Lo que busca la Comisión es que esa época quede atrás. Lo que trata Magyar es de convencer al equipo de Von der Leyen de que eso ya ha sucedido.

La voluntad de entenderse existe en ambas partes. La duda es si están a tiempo. Magyar viajará pronto a Varsovia para reunirse con el primer ministro Donald Tusk. La reunión está cargada de simbolismo. Entre 2015 y 2023, Budapest y Varsovia conformaron un eje iliberal en el corazón de la Unión Europea. Fidesz encontró en Ley y Justicia, el partido que gobernó Polonia durante esos años, al socio ideal contra “los burócratas de Bruselas”. Ahora el poder en estas capitales estará –con distintas limitaciones– en manos de dos europeístas. Magyar buscará en Tusk una muleta y un guía para descongelar los fondos. En 2023, Tusk heredó una administración duramente penalizada por sus violaciones del Estado de derecho. Su compromiso para restituirlo bastó para que Polonia empezara a acceder a más de 100.000 millones de euros retenidos. Las reformas prometidas, sin embargo, no han prosperado por el veto aplicado por el presidente Nawrocki, de Ley y Justicia. Algunos funcionarios europeos alertan sobre el riesgo de cometer el mismo error con Hungría. Primero hechos, piden, luego dinero. A diferencia de Tusk, Magyar gozará de una supermayoría parlamentaria que le ahorrará dolores de cabeza.

Magyar ha tendido la mano, a su vez, al canciller alemán Friedrich Merz. Berlín es un pulmón económico para Hungría. Más de 2.700 empresas alemanas emplean a unos 225.000 trabajadores en el país. El capital alemán acumulado en el país ronda los 20.000 millones de euros, aproximadamente el 21 % de toda la inversión extranjera directa. Audi, Mercedes, BMW y Bosch tienen algunas de sus plantas más grandes de Europa allí. Orbán descuidó la relación y la tensó más de la cuenta. Magyar, en contraste, afirmó el lunes que “ama” Alemania y que es “el socio más importante de Hungría”. Les gustará escuchar, en Berlín, que vuelven a tener un amigo fiable en Budapest y constructivo en Bruselas. Es previsible que una relación sana con Austria sea igualmente prioritaria para Magyar.

La necesidad húngara de recomponer las viejas alianzas y recibir los fondos bloqueados es imperiosa. Hungría registró la inflación más alta de toda la Unión Europea en 2023, con una media del 17% que rozó el 25% a finales de 2022. Su economía solo creció un 0,6% en 2024 y un 0,4% en 2025, sin acceso a los fondos de recuperación tras la pandemia y en contraste con Polonia, con cifras superiores al 3%. El nuevo gobierno tiene en su mano ganarse el apoyo de la Comisión para mejorar esos datos.

Muchos se preguntan si Magyar, que creció con un póster de Orbán en su cuarto, no acabará siendo el mismo perro con distinto collar. Esa pregunta es más frecuente fuera de Hungría que dentro. La prioridad de los demócratas húngaros era liberar el país. Magyar ha sido el único candidato capaz de reunir a millones de personas para devolverles la ilusión de que era posible, y lo ha sido. Lo mínimo que merece es el beneficio de la duda. En Hungría, a pie de calle, existe el sentimiento de que la Comisión les debe una, y no por dar la espalda a Rusia y quitarle a un autócrata de encima. Más bien porque el régimen de Orbán no se entiende sin los miles de millones de euros que lo sufragaron. Muchos húngaros verían difícil de entender que el dinero que fluyó sin restricciones para el naufragio de su democracia tropiece, ahora, con toda clase de obstáculos burocráticos para rescatarla. Lo esperable es que Bruselas y Budapest encuentren un punto de encuentro.

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