El presidente ruso, Vladímir Putin, deposita flores durante una ceremonia en la Tumba del Soldado Desconocido, el 22 de junio de 2026, en Moscú (Rusia). GETTY

El tiempo ya no juega a favor de Putin

Con Ucrania recuperando terreno, intensificando los ataques con drones en territorio ruso y aumentando el coste de la guerra, Vladímir Putin haría bien en buscar una salida negociada. Pero nada garantiza que sea consciente de la situación en la que se encuentra Rusia.
Sergei Guriev
 |  8 de julio de 2026

El presidente ruso, Vladímir Putin, atraviesa uno de los momentos más difíciles desde el inicio de la invasión de Ucrania. Aunque la guerra nunca se desarrolló como el Kremlin había previsto, hasta hace poco Putin confiaba en que el tiempo jugaba a su favor. En 2025, Rusia apenas amplió el territorio ucraniano bajo su control, que pasó del 18,5 % al 19,3 %. Más importante aún, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parecía dispuesto a presionar al presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, para que aceptara un “acuerdo de paz” que implicara nuevas cesiones territoriales a Rusia.

Este año, sin embargo, el panorama ha cambiado. Trump ha estado tan centrado en la crisis de Oriente Medio que Ucrania ha quedado prácticamente fuera de su radar. En la cumbre del G7 celebrada este mes llegó incluso a afirmar que Estados Unidos “no tiene nada que ver” con una guerra que se libra “a miles de millas de distancia”. Además, hay pocos motivos para pensar que, tras las elecciones legislativas de mitad de mandato de noviembre, la Administración Trump vaya a mostrarse más dispuesta a facilitar a Putin un desenlace favorable.

Al mismo tiempo, el ritmo de avance del ejército ruso se ha ralentizado de forma considerable. A junio de 2026, Rusia ocupa el 19,4 % del territorio ucraniano, una proporción apenas superior a la de enero e inferior a la registrada en mayo. Buena parte de este cambio se explica por los avances de Ucrania en el desarrollo y la producción de drones, que han contribuido a estabilizar el frente y a neutralizar la superioridad rusa en efectivos.

La creciente capacidad ucraniana en materia de drones también le ha permitido superar las defensas aéreas rusas y golpear objetivos situados en el interior del país, incluidos Moscú y San Petersburgo. Estos ataques, especialmente los dirigidos contra infraestructuras energéticas, han transmitido un mensaje inequívoco a la sociedad rusa: la guerra ha dejado de percibirse como un conflicto lejano. Ha llegado al corazón de Rusia.

La inquietud en el Kremlin es evidente. Así lo reflejó el desfile del Día de la Victoria celebrado el mes pasado en Moscú, mucho más sobrio de lo habitual y sin las tradicionales exhibiciones de armamento pesado. Los dirigentes rusos tienen razones para temer ataques selectivos, incluso contra altos cargos del régimen, especialmente después de comprobar cómo Estados Unidos e Israel eliminaron a destacados dirigentes iraníes en territorio iraní.

En un intento por limitar la eficacia de los drones ucranianos, Putin ha restringido el acceso a internet móvil en amplias zonas de Rusia, incluida Moscú, una medida que ha alimentado el descontento entre la población. Sin embargo, los ataques continúan, incluso contra las líneas de suministro hacia Crimea, un enclave fundamental para las fuerzas rusas. Aunque Rusia podría desarrollar en los próximos meses capacidades con drones comparables a las de Ucrania o reforzar su defensa aérea, el tiempo ya no parece jugar a favor del Kremlin.

A ello se suma un creciente coste económico. Es cierto que la guerra entre Israel e Irán mejoró temporalmente las perspectivas fiscales de Rusia. Según el Gobierno ruso, el petróleo ruso se vendió a una media de 95 dólares por barril en abril y de 86 dólares en mayo –el doble de la media registrada durante los dos primeros meses de 2026, cuando el precio fue de 43 dólares– y muy por encima de los 59 dólares previstos en los presupuestos del Gobierno. En abril, el Fondo Monetario Internacional elevó en tres décimas su previsión de crecimiento para la economía rusa en 2026, hasta el 1,1 %, precisamente como consecuencia del repunte del precio del petróleo.

Ese alivio, sin embargo, fue pasajero y no basta para compensar el enorme coste de la guerra. Putin ya se ha visto obligado a aumentar los impuestos, lo que incrementa la presión sobre una economía cada vez más debilitada. El PIB ruso cayó un 0,2 % interanual en el primer trimestre de 2026. Dado que Rusia tiene previsto aplicar nuevas medidas de austeridad, es probable que la actividad económica siga deteriorándose. El propio Gobierno ruso prevé que la economía crezca apenas un 0,4 % este año. Difícilmente esas perspectivas contribuirán a levantar la moral del país.

En estas circunstancias, lo más racional para Putin sería regresar a la mesa de negociaciones e intentar congelar el conflicto. Sin embargo, nada garantiza que vaya a hacerlo. Es posible, incluso, que no sea plenamente consciente de la situación real en la que se encuentra Rusia. El país carece de una prensa independiente y es poco probable que sus colaboradores más cercanos estén dispuestos a transmitirle malas noticias. Cuando Putin insiste en que Ucrania está al borde de la derrota –como ha hecho repetidamente desde el comienzo de la guerra– probablemente intenta influir en la opinión pública, pero también cabe la posibilidad de que, al menos en parte, él mismo lo crea.

Esa es una de las trampas clásicas de los regímenes autoritarios. Cuando el poder se concentra en una sola persona y la disidencia se reprime, la distancia entre la percepción del líder y la realidad sobre el terreno tiende a ampliarse. El resultado suele ser una cadena de decisiones cada vez más erráticas y costosas, como prolongar una guerra que ni puede ganarse ni resulta sostenible desde el punto de vista económico.

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