A un año y medio del segundo mandato de Donald Trump, la inquietante sensación de vértigo en la escena internacional no cesa, principalmente por las acciones del volátil presidente de la primera potencia mundial. La decisión de más calado global fue, sin duda, empezar una guerra contra Irán el pasado febrero que pronto quedó enquistada y cuyo alcance geopolítico y económico sigue reverberando. A mediados de junio, el presidente de EEUU firmaba, en el simbólico Palacio de Versalles, un memorando de entendimiento con representantes de Irán para, en un plazo de 60 días, poner fin a la guerra que inició junto a Israel para derrocar el régimen de los ayatolás y acabar con su programa nuclear. Estos dos objetivos no se han alcanzado y el preacuerdo incluye concesiones económicas a Teherán, cuyos dirigentes salen reforzados, convencidos de tener un arma determinante lista para usar a conveniencia –el control del estrecho de Ormuz– y con ínfulas para intentar reactivar su “eje de la resistencia” con sus socios regionales.
En este sentido, Irán condiciona seguir en las conversaciones de paz al cese de hostilidades contra su aliado Hezbolá en Líbano por parte de Israel. La fragilidad de todo el proceso se pone de manifiesto continuamente. No solo Irán y EEUU siguen cayendo en provocaciones y represalias que amenazan con hacer descarrilar el diálogo, sino que hay serias dudas sobre la viabilidad del acuerdo marco de paz suscrito por Israel y el gobierno libanés en Washington el 26 de junio, que prevé la retirada israelí del sur del país y el desarme de Hezbolá. Y, sin embargo, pocas veces se repetirá una confluencia tan favorable para un nuevo amanecer en Líbano como la actual: un gobierno libanés reformista, un partido-milicia chií diezmado y un aparato de Estado con garantías de financiación externa.
Lamentablemente,…



