El Cuerno de África, que ya sufre las consecuencias de la encarnizada batalla por Sudán, corre el riesgo de adentrarse en una turbulencia aún mayor a medida que la guerra se extiende a otros escenarios. Las líneas de fractura de la región no son nuevas, pero se están profundizando. Las rivalidades en el Cuerno también están cada vez más entrelazadas entre sí y con las de Oriente Medio, lo que vuelve la política regional cada vez más peligrosa. Se necesita con urgencia una amplia desescalada, tanto entre los países del Cuerno como por parte de las potencias de Oriente Medio más implicadas en la región.
Una región convulsa
El Cuerno de África, situado frente a la península Arábiga, en la orilla occidental del mar Rojo, es una de las regiones más convulsas del mundo. Dos de los países que la integran, Eritrea y Sudán del Sur, son Estados de soberanía reciente, surgidos tras décadas de conflicto y convertidos en países independientes en 1993 y 2011, respectivamente. Somalilandia, territorio separatista que aspira a seguir sus pasos, se gobierna por sí misma desde el derrumbe del régimen militar de Somalia en 1991. Etiopía, la potencia regional sin salida al mar, con unos 120 millones de habitantes, ha pasado de una convulsión a otra durante el último siglo. La última década ha sido especialmente turbulenta, después de que el cambio de gobierno de 2018 desembocara en una guerra civil en la región de Tigray. El conflicto enfrentó al Gobierno federal del nuevo primer ministro, Abiy Ahmed, con el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), que antes de su elección había dominado la política etíope durante casi 30 años. Fue una de las guerras más letales de las últimas décadas, con una cifra de muertos estimada en cientos de miles. Aunque el conflicto terminó en 2022, las tensiones siguen siendo elevadas, debido en buena medida a la creciente enemistad entre Etiopía y Eritrea. Esta última se alió con Abiy durante la guerra de 2020-2022, pero ahora ha cambiado de bando y se ha acercado al TPLF.
Sin embargo, el acontecimiento más peligroso para la región en los últimos años ha sido la cruenta guerra civil de Sudán. En 2023 estalló una lucha por el poder entre el Ejército sudanés y sus antiguos socios de la junta, convertidos después en rivales: las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), una organización paramilitar cuyos miembros proceden en su mayoría de Darfur, en el oeste de Sudán. Los primeros combates se concentraron en la capital, Jartum, destruyeron las instituciones estatales y obligaron a huir en masa a buena parte de la élite política sudanesa, así como a las clases profesionales y medias. Desde entonces, las hostilidades se han extendido hacia el sur y el oeste, provocando la partición de facto del país: el Ejército controla el valle del Nilo –incluida Jartum, que recuperó posteriormente– y las zonas situadas al este, mientras que las RSF dominan el remoto oeste, incluida la mayor parte de Darfur. Los principales frentes se encuentran en la región de Kordofán, situada entre Darfur y el Nilo. La guerra ha desplazado a millones de personas y ha provocado la peor crisis humanitaria del mundo. Ya en su cuarto año, no muestra señales de remitir.
Potencias externas y tensiones crecientes
La fragmentación de Sudán está sacudiendo el Cuerno de África hasta sus cimientos. Las potencias extranjeras llevan mucho tiempo interfiriendo en la región, pero la guerra sudanesa ha elevado su implicación a un nivel alarmante. Varios países han alimentado el conflicto mediante el suministro de armas y financiación, lo que ha permitido a ambos bandos mantener su capacidad de combate en momentos críticos. En ocasiones, estos actores externos han alterado el campo de batalla introduciendo nuevas tecnologías, especialmente drones y sistemas de defensa aérea. Arabia Saudí, que en un primer momento trató de mantenerse neutral, es ahora quizá el socio diplomático más importante del Ejército sudanés, mientras que Egipto y Turquía son también apoyos fundamentales. Emiratos Árabes Unidos, por su parte, ha prestado un fuerte respaldo a las RSF, mientras que varios países vecinos de Sudán –en su mayoría próximos a Abu Dabi– han permitido que el grupo paramilitar utilice su territorio para transferir armas y desplazar tropas. Emiratos sigue negando que ayude a las RSF, un factor que dificulta seriamente los esfuerzos de paz, pues a menudo ha impedido hablar con franqueza sobre lo que sería necesario para poner fin a la guerra.
La pugna por Sudán está transformando la región. En el centro de las nuevas tensiones se encuentra la disputa que el conflicto ha alimentado entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Hace apenas unos años, Riad y Abu Dabi colaboraban estrechamente en buena parte del Cuerno, incluido su respaldo a la malograda junta sudanesa que tomó el poder en 2019 con la promesa de supervisar una transición hacia un gobierno elegido. Pero la posterior ruptura de aquella junta los ha enfrentado, mientras ambos compiten por la influencia regional. La relevancia estratégica de Sudán para los Estados árabes del Golfo responde en parte a su geografía: se encuentra en la intersección entre los mundos árabe y africano, se extiende a lo largo del valle del Nilo y está situado junto al estrecho mar Rojo. La historia también importa. Los Estados del Golfo son muy conscientes de que Sudán ha colaborado en ocasiones con Irán y de que acogió a ideólogos islamistas –entre ellos Osama bin Laden– durante el largo mandato del hombre fuerte Omar al-Bashir.
«El recrudecimiento de las tensiones entre los Estados del Golfo puede ser especialmente acusado en el Cuerno de África, pero también se está manifestando en otros lugares»
Arabia Saudí, situada muy cerca, en la orilla opuesta del mar Rojo, considera especialmente vital la estabilidad de Sudán. Las autoridades saudíes están cada vez más frustradas por el apoyo de Emiratos a las RSF y por sus negativas categóricas. Temen que la guerra civil termine provocando la desintegración de Sudán o generando un conflicto permanente que se extienda a Estados vecinos de importancia estratégica para Riad. Esto, a su vez, podría traducirse en riesgos continuos en el perímetro occidental del reino –cerca tanto de su segunda ciudad, Yeda, como de los lugares santos de La Meca y Medina– y amenazar, en términos generales, la estabilidad de la cuenca del mar Rojo. Emiratos, por su parte, presenta discretamente a Arabia Saudí como una potencia que intenta imponerse como hegemon regional.
Mientras la guerra de Sudán continúa, Arabia Saudí ha enviado emisarios de alto nivel a los países vecinos –entre ellos Etiopía, Sudán del Sur y Chad– para convencerlos de que se mantengan al margen del conflicto e impidan que las armas crucen sus fronteras con destino a las RSF. El presidente de Chad, Mahamat Déby, aliado de Emiratos, fue uno de los invitados de honor del príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salmán, durante la peregrinación a La Meca de finales de mayo. Arabia Saudí también ha reforzado, junto con Egipto, sus relaciones con Eritrea y Yibuti, dos Estados ribereños del mar Rojo que se han distanciado de Emiratos. Ambos observan con inquietud cómo Etiopía, aliada de Abu Dabi, tratará de materializar sus crecientes ambiciones de acceso al mar. El primer ministro Abiy parece especialmente interesado en recuperar Assab, antiguo principal puerto de Etiopía, que quedó bajo soberanía eritrea cuando Eritrea alcanzó la independencia.
El aumento de las tensiones entre los Estados del Golfo puede ser especialmente intenso en el Cuerno, pero también se manifiesta en otros lugares. En diciembre de 2025, Emiratos y Arabia Saudí, que hasta poco antes habían colaborado contra los rebeldes hutíes que controlan gran parte de Yemen, protagonizaron un fuerte choque por la región yemení de Hadramaut. Allí, una ofensiva del Consejo de Transición del Sur (STC), movimiento separatista respaldado por Emiratos, cerca de la frontera saudí, provocó la indignación de Riad. Fuerzas locales yemeníes, apoyadas por ataques aéreos saudíes, expulsaron a las fuerzas del STC.
Numerosos responsables del Golfo interpretaron la escalada en Yemen y la consiguiente ruptura de las relaciones entre Riad y Abu Dabi como una consecuencia del agravamiento de la disputa saudí-emiratí por la guerra de Sudán. Emiratos cree que el príncipe heredero saudí, durante una visita a Washington en noviembre, pidió al presidente estadounidense, Donald Trump, que sancionara a Abu Dabi por su papel en la guerra civil. Las autoridades saudíes sostienen que el príncipe heredero pidió sanciones contra las RSF, no contra Emiratos. En cualquier caso, muchas personas en el Golfo, también en la capital saudí, interpretaron la campaña de Hadramaut como una represalia emiratí. Emiratos niega haber desempeñado papel alguno en Hadramaut y afirma que los combates no guardaban relación con Sudán.
Más recientemente, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán parece haber profundizado todavía más la brecha entre Arabia Saudí y Emiratos, elevando las apuestas en su lucha por la influencia en el Cuerno. Ambos Estados dependen del estrecho de Ormuz para su comercio marítimo, pero Abu Dabi mucho más, pues Riad dispone de otras salidas en el mar Rojo. En este contexto, Emiratos –que además recibió la mayor parte de los ataques iraníes contra los Estados del Golfo– criticó los esfuerzos de mediación en los que participaron Arabia Saudí, Egipto y Turquía, junto con Pakistán y Catar. Ahora que el acuerdo alcanzado en junio entre Estados Unidos e Irán para poner fin a la guerra parece estar desmoronándose, la percepción de que Teherán puede cerrar el estrecho prácticamente a voluntad probablemente aumentará la importancia estratégica de la cuenca del mar Rojo, sobre todo para Arabia Saudí.
Por último, Israel contribuyó a las tensiones en el Cuerno al convertirse en el primer país en reconocer a Somalilandia, donde su socio de seguridad, Emiratos, ha construido una pista aérea militar y un moderno puerto comercial de aguas profundas. Mientras Arabia Saudí, Egipto, Turquía, Catar y otros países de mayoría musulmana se sumaron a Mogadiscio para condenar la decisión israelí, Emiratos no lo hizo.
Bloques y focos de conflicto
La combinación de las disputas del Cuerno y la pugna entre las potencias de Oriente Medio genera una dinámica peligrosa en ambas regiones. Como demostró el episodio de Hadramaut, es fácil que las chispas salten de un foco de conflicto a otro y provoquen nuevos enfrentamientos.
Los bloques informales que se están formando en torno a los dos bandos de la guerra civil sudanesa agravan el riesgo. Entre los países que tienden a situarse del lado del Ejército figuran Arabia Saudí, Egipto, Turquía, Catar, Eritrea, Yibuti y Somalia. Entre quienes suelen alinearse con Emiratos –y, a menudo, con las RSF– se encuentran Etiopía, Somalilandia y la región semiautónoma somalí de Puntlandia, así como Uganda y Chad.
Es cierto que estos grupos son flexibles y permeables. Turquía sigue siendo un gran inversor y aliado de Etiopía, aunque respalda al Ejército sudanés y al Gobierno somalí. Kenia, Sudán del Sur y la administración con sede en el este de Libia han tratado de mantenerse a ambos lados de la división, al tiempo que conservan relaciones amistosas con las RSF y Emiratos. Aunque Israel está vinculado a Emiratos por los Acuerdos de Abraham y por una sólida asociación en materia de defensa, no ha mostrado una preferencia clara en la guerra de Sudán. Arabia Saudí también es un importante inversor en Etiopía, y ambos países mantienen un estrecho contacto diplomático pese a las tensiones por Sudán. Abiy se reúne regularmente con los dirigentes de Yibuti y Somalia, aunque las relaciones sean a menudo difíciles.
Con todo, la tendencia general apunta a una polarización cada vez mayor entre estos grupos, acompañada de una coordinación aparentemente creciente dentro de cada eje frente al otro. El temor es que los Estados de ambos bandos trasladen a otros focos las enemistades alimentadas en Sudán, incrementando el riesgo de que estalle la violencia y se propague. Dos nuevos acontecimientos en el Cuerno resultan especialmente preocupantes a este respecto.
La tensión entre Etiopía y el Gobierno sudanés dirigido por el Ejército se aproxima a la hostilidad abierta y al conflicto por intermediarios. Las RSF parecen disfrutar de cierto margen de movimiento en Etiopía, a lo largo de la frontera con el estado sudanés del Nilo Azul, y diversos informes han documentado el tránsito de equipamiento a través de Etiopía hacia el frente de Kordofán. Sudán también acusa a Etiopía de permitir que Emiratos lance drones desde territorio etíope contra Sudán, incluido uno que golpeó Jartum a principios de mayo. Etiopía y Emiratos niegan estas acusaciones, mientras Egipto y Arabia Saudí han emitido comunicados respaldando la posición del Ejército, aunque sin mencionar directamente a Etiopía. Addis Abeba, por su parte, considera que el Ejército sudanés se está aliando con sus adversarios internos, especialmente el TPLF, así como con sus enemigos externos, Egipto y Eritrea. La fuerza conocida como Army 70 constituye un motivo especial de irritación para Addis Abeba. Integrada principalmente por miles de etíopes de Tigray, tiene su base en el este de Sudán y ha combatido a las RSF junto al Ejército sudanés.
En segundo lugar, las disputas internas de Etiopía se están agravando y están cada vez más ligadas a los desacuerdos regionales. En una importante escalada ocurrida en abril, el TPLF anunció que restituía a su presidente, Debretsion Gebremichael –quien dirigió Tigray durante la guerra de 2020-2022–, como presidente regional, y disolvió la administración provisional constituida en virtud del acuerdo de paz de 2022. Hasta ahora, Abiy ha respondido con cautela a la provocación. El 7 de julio, por ejemplo, afirmó que quería la paz pese a la actuación de quienes, sin identificarlos, promovían una nueva guerra en Tigray. Sin embargo, sigue sin estar claro qué sucederá ahora. El panorama regional agrava la situación: Abiy, cuyo partido regresó al poder el 1 de junio, considera que el TPLF actúa en connivencia con sus adversarios, Eritrea y el ejército sudanés. Es poco probable que Addis Abeba acepte indefinidamente el statu quo, mientras que el TPLF también parece estar preparándose para el conflicto mediante una campaña de reclutamiento masivo.
Escenarios de contagio
Una mayor inestabilidad en Etiopía o Sudán sería peligrosa por sí misma, pero también podría tener efectos indirectos, atraer a todavía más actores externos o extenderse a otros rincones del Cuerno. Entre los escenarios concretos de contagio, quizá el más fácil de imaginar comenzaría con el estallido de nuevas hostilidades entre las fuerzas federales y el TPLF en Tigray. Si se produjera un conflicto de este tipo, sería difícil contener sus consecuencias. Los combates probablemente intensificarían las ya graves tensiones entre Etiopía y Eritrea, dada la nueva alianza de Asmara con el TPLF, y aumentarían el riesgo de hostilidades abiertas entre ambos países. En algunos escenarios, una nueva guerra entre Etiopía y Eritrea podría desencadenar una batalla por el control de la costa eritrea del mar Rojo, implicando a actores regionales ya involucrados en la guerra de Sudán. Egipto podría verse tentado a respaldar a Eritrea en esas circunstancias. Una confrontación que no llegara a convertirse en guerra abierta podría llevar a Eritrea –y al Ejército sudanés– a intensificar su apoyo a los adversarios internos de Abiy. En el otro lado, Emiratos podría respaldar a Etiopía, mientras esta refuerza sus vínculos con las RSF, alimentando aún más la guerra sudanesa.
«Si el conflicto se amplía en Etiopía o Sudán, podrían verse implicados aún más países»
Si el conflicto se ampliara en Etiopía o Sudán, podrían implicarse todavía más países. Sudán del Sur es especialmente vulnerable, pues ya se libra una guerra civil en la zona fronteriza compartida con Sudán y Etiopía. Los actores externos podrían encontrar fácilmente allí fuerzas interpuestas a las que apoyar. También cabe imaginar disputas por intermediarios en Somalia, sumida en su propia crisis política, que enfrenta al Gobierno de Mogadiscio con varios Estados miembros de la federación. El más poderoso de ellos es Puntlandia, que, como se ha señalado, mantiene buenas relaciones con Emiratos. El retraso de las elecciones y la posibilidad de una reducción drástica del apoyo internacional a la seguridad hacen que la situación sea aún más peligrosa. Las disputas entre Mogadiscio y Hargeisa sobre el estatus de Somalilandia también podrían convertirse en un escenario para las rivalidades externas.
Al observar este panorama de alianzas superpuestas y zonas de guerra, un alto responsable regional imaginó el peor de los escenarios: un nuevo conflicto en Tigray que condujera a un cinturón de guerras interconectadas “desde Yemen, en el este, hasta Chad, en el oeste”.
Es hora de una diplomacia preventiva
Con la acumulación de material inflamable en todo el Cuerno, existe una necesidad cada vez más urgente de impulsar una diplomacia preventiva de amplio alcance. Esa iniciativa debería contener varios elementos.
La máxima prioridad diplomática debe ser impedir el regreso de una guerra a gran escala en Tigray. En la práctica, eso significa respaldar la diplomacia itinerante que ya ha comenzado entre Addis Abeba y Mekele, capital de Tigray, llevada a cabo por el enviado de la Unión Africana y expresidente nigeriano, Olusegun Obasanjo, y por otros actores, entre ellos el embajador estadounidense Ervin Massinga. Paralelamente, los aliados del presidente Abiy, incluidos Estados Unidos, Emiratos, Turquía, Italia y varios Estados africanos clave –sobre todo Kenia y Sudáfrica–, deberían instar a Addis Abeba a mantener una intensa diplomacia discreta con el TPLF para resolver el enfrentamiento, advirtiéndole del carácter imprevisible y costoso de una nueva guerra. Los mediadores deberían prever que, en cualquier negociación, Abiy presionará al TPLF para que rompa sus vínculos con Asmara, mientras que el TPLF insistirá en conservar su posición dominante en Tigray. Los esfuerzos de Estados Unidos, Arabia Saudí, Kenia, la Unión Europea, Italia y otros actores para rebajar la enemistad entre Addis Abeba y Asmara podrían contribuir a desactivar esta peligrosa dinámica.
Otra prioridad debe ser la relación entre Sudán y Etiopía, que necesita urgentemente una reparación. Ambos países parecen estar dando ya pasos pequeños pero significativos para evitar que la situación se descontrole. Una reunión celebrada en mayo en Yibuti entre Abiy y Malik Agar, vicepresidente del Consejo Soberano bajo Abdel Fattah al-Burhan –quien preside el Consejo y dirige el Ejército sudanés–, ayudó a reabrir los canales bilaterales de alto nivel y condujo a la reanudación de la comunicación directa entre Abiy y Burhan en las últimas semanas. El siguiente paso debería ser una reunión presencial entre ambos centrada en reducir las tensiones provocadas por el apoyo a fuerzas interpuestas. Siendo realistas, es probable que ambas partes mantengan sus vínculos al otro lado de la frontera, pero quizá sea posible avanzar gradualmente en determinadas reglas básicas: por ejemplo, congelar el suministro de armas y limitar la libertad de movimientos o la concesión de refugio seguro a los adversarios de la otra parte. Estas medidas ayudarían a gestionar el riesgo de escalada.
La última prioridad, y quizá la más importante, consiste en abordar el persistente conflicto de Sudán, que es, en muchos sentidos, el principal motor de la inestabilidad en el Cuerno. Como Crisis Group sostiene desde hace tiempo, Arabia Saudí, Emiratos y Egipto, los actores con vínculos más estrechos con las partes enfrentadas, tendrán que dar el primer paso. La tarea fundamental consiste en reducir sus diferencias sobre el desenlace posterior a la guerra, de modo que puedan presionar conjuntamente a los dos contendientes para que acepten un alto el fuego que ponga fin al conflicto y una transición política.
«La creciente rivalidad entre las potencias regionales de Oriente Medio por sus visiones contrapuestas sobre el Cuerno de África necesita con urgencia nuevos mecanismos de contención»
Esto exigirá abandonar las posiciones maximalistas y debatir los detalles de cómo sería un verdadero acuerdo de transición posterior a la guerra. Probablemente tendrá que incluir un gobierno civil de amplia base y un papel definido para Burhan y el Ejército. Algunos detalles deberán resolverse mediante negociaciones coordinadas de seguridad y políticas entre los principales actores sudaneses. Dada la deteriorada reputación de las RSF, Emiratos tendrá que garantizar que el grupo paramilitar cumple los compromisos que asuma en un alto el fuego. Estos quizá deban incluir la retirada de determinados territorios y el compromiso de integrar a parte de sus fuerzas en el Ejército nacional o desmovilizar a sus combatientes. Egipto y Arabia Saudí –junto con otros aliados clave del Ejército, como Turquía y Catar– tendrán que colaborar para obtener el respaldo de Burhan a una tregua y su aceptación de unas negociaciones más amplias entre los distintos sectores políticos sudaneses, con el objetivo de formar un gobierno civil que pueda contribuir a reunificar el país.
Washington, que reunió a Riad, El Cairo y Abu Dabi en un formato cuatripartito destinado a facilitar la mediación, y que promovió una hoja de ruta en septiembre de 2025 para orientar estos esfuerzos, debería seguir tratando de acercar posiciones. Pero, dada la incertidumbre sobre el grado de compromiso de Washington, otros actores –empezando por los demás Estados del Golfo, pero también la Unión Europea, Naciones Unidas, Noruega y Reino Unido– deberían intensificar su implicación, centrándose en los detalles prácticos necesarios para avanzar. Esta vía tendrá que coordinarse con el proceso político conocido como Quintet, otra iniciativa diplomática, todavía incipiente, que incluye a la Unión Africana, Naciones Unidas y la Unión Europea y que busca incorporar a las distintas facciones sudanesas a las negociaciones sobre el futuro posterior a la guerra. En la práctica, los mediadores quizá tengan que desplazarse entre los formatos cuatripartito y Quintet –si este último consigue ponerse en marcha– para ajustar los detalles de la transición sudanesa. Este es un buen momento para intensificar la actividad: los combates terrestres suelen disminuir durante la estación lluviosa de Sudán, que se extiende de julio a septiembre. Existe una ventana de oportunidad para impulsar una tregua antes del regreso de hostilidades de mayor escala.
Al mismo tiempo, la creciente rivalidad entre las potencias de Oriente Medio por sus visiones contrapuestas del Cuerno de África necesita con urgencia nuevas salvaguardas. Es difícil evitar la necesidad de conversaciones más francas y constructivas entre Riad y Abu Dabi sobre el Cuerno y sus respectivos intereses, acompañadas de medidas claras para reducir la tensión en Sudán y otros escenarios. Los miembros de los bloques informales alineados a uno u otro lado del conflicto sudanés deben evitar apoyar ciegamente a sus aliados y desaprovechar oportunidades de desescalada. Todos ellos deberían detener el flujo de armas que contribuye a agravar la guerra. Egipto y Etiopía, por su parte, deberían considerar este delicado momento una razón para reducir la hostilidad que los enfrenta, originada en su disputa por el control del Nilo. Actores externos como Turquía, Arabia Saudí, Estados Unidos y la Unión Europea deberían alentarlos a avanzar en esa dirección.
En definitiva, existe un camino hacia la desescalada en el Cuerno de África, pero solo si los principales protagonistas de ambos lados de las crecientes tensiones reconocen el peligro que se avecina y actúan en consecuencia. Si, por el contrario, redoblan sus esfuerzos por ampliar las líneas de fractura del Cuerno –consolidando los dos bloques emergentes e inyectando recursos sin fin en conflictos superpuestos–, las consecuencias podrían ser muy graves. El Cuerno de África es una región combustible. Si estalla un incendio transnacional, podrían pasar años antes de que pueda extinguirse, dejando a su paso una región calcinada y todavía humeante.
Artículo traducido del inglés, publicado originalmente en International Crisis Group.
