Cuenta Heródoto en el libro primero de sus Historias que Creso, rey de Lidia, consultó al oráculo de Delfos si debía hacer la guerra a los persas. La respuesta del oráculo fue que, de hacerla, destruiría un gran imperio. Se le olvidó preguntar a qué imperio se refería, porque iba a ser el suyo. Muchos años después, un presidente norteamericano se dejó seducir por el oráculo de un primer ministro israelí y decidió atacar a Irán, heredero del imperio persa, en la operación Furia Épica.
Irán, oficialmente Persia hasta 1935, es un viejo imperio que no llegó a ser colonizado, aunque como otros viejos imperios fuera víctima del colonialismo a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Conviene recordar en este sentido que el Derecho internacional vigente hasta la Segunda Guerra Mundial dividía el mundo en tres categorías de países: civilizados (los únicos que eran miembros de pleno derecho de la comunidad internacional), bárbaros (los antiguos poderes imperiales, China, el Imperio otomano, Persia, a los que se imponían leyes extraterritoriales) y salvajes. El territorio de Irán había sido teatro central del Gran Juego geopolítico que libraron Gran Bretaña y Rusia por controlar los accesos a India, joya de la corona británica. Durante la Segunda Guerra Mundial, las dos potencias se repartieron el país en sendas zonas de influencia: rusa al norte, británica al sur. La experiencia histórica de las injerencias extranjeras dejaría una huella profunda en la cultura histórica de los iraníes.
Al repasar el pasado, destacan cuatro hitos históricos que permiten trazar un hilo conductor que ayuda a desentrañar la genealogía del conflicto actual. El primer hito se remonta a 1953. El servicio de inteligencia británico SIS, luego MI6, tuvo que pedir ayuda a la CIA para derrocar al primer ministro iraní, Mohamad Mosadegh,…



