En junio de 2025, los servicios de inteligencia ucranianos perpetraron un ataque de lo más audaz en pleno corazón de Rusia. Tras infiltrarse en el país, ocultaron drones de corto alcance en varios camiones estacionados cerca de una serie de bases aéreas, algunas de ellas en lugares tan lejanos como Amur, una región próxima a la frontera con China. La mayoría de esas bases albergaba bombarderos rusos capaces de transportar armamento nuclear. Una vez estuvo todo listo, cuando llegó el momento adecuado, los agentes ucranianos utilizaron la propia red de telefonía móvil rusa para activar los drones. Según las estimaciones de Kiev, estos destruyeron al menos diez bombarderos y dañaron un total de 41 aeronaves, varias de las cuales también pertenecían al mando nuclear ruso.
Bautizada como Operación Telaraña, el ataque constituyó una maniobra extraordinaria. No obstante, su rasgo más significativo no radica en la desproporción entre costes –decía un analista que “un dron de apenas 500 dólares ha destruido un bombardero valorado en decenas de millones”– ni en la astucia de haber “secuestrado” las telecomunicaciones rusas, sino en el mero hecho de que semejante operación haya podido llegar a ejecutarse. Y es que Moscú siempre había dicho que un ataque contra sus activos estratégicos podía desencadenar una respuesta nuclear. Pese a ello, Ucrania decidió golpear esos objetivos y Rusia fue incapaz de impedir su destrucción.
Pero la Operación Telaraña no deja de ser el ejemplo más espectacular de una tendencia creciente que se puede resumir en una sola frase: la disuasión nuclear ha dejado de funcionar.
Durante décadas, los Estados dieron por sentado que la posesión de armamento atómico era el activo más sólido a la hora de garantizar su propia seguridad. De hecho, tras la invasión a gran escala de Ucrania, en febrero de 2022, no pocos analistas…



