Diecinueve países de América Latina. Tres de la Península Ibérica. Aproximadamente 700 millones de personas. Cerca del 9% de la población mundial. La mayor reserva de biodiversidad, bosques y agua dulce. Una región que genera el 14% de la producción global de alimentos y el 45% del comercio internacional neto agroalimentario, y donde las energías renovables ya producen en torno al 60% de su electricidad, cerca del doble de la media planetaria. Lo más probable es que, para 2030, ese porcentaje suba al 80%. Este no es un rasgo solo latinoamericano.
España y Portugal figuran entre los líderes europeos en generación renovable. El dato no es menor cuando el combustible de la inteligencia artificial es la electricidad. Pero hay más. La dotación de minerales críticos en la región es también excepcional. El triángulo del litio que forman Argentina, Bolivia y Chile alberga más de la mitad de los recursos mundiales identificados.
Desde el punto de vista político, la Comunidad Iberoamericana exhibe una sólida institucionalidad de más de tres décadas, un acervo de principios compartidos y una probada capacidad de cooperar. Sin estridencias ni retórica es una organización que funciona apoyada en el consenso, genera resultados que favorecen a los ciudadanos y procesa las naturales diferencias entre sus miembros en un ambiente de respeto y armonía. La Comunidad Iberoamericana se fundamenta en la síntesis de unidad y diversidad, un doble antídoto para las grietas que dividen a las sociedades y las fracturas que afectan su convivencia.
Conviene prestar atención a lo que atrae la atención de las grandes potencias. Estados Unidos, en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, catalogó a la región como «hemisferio occidental», admitió sin ambigüedad que no puede tratar a todas las zonas del mundo por igual y reconoció que, tras «años de negligencia», ahí concentrará su…



