América Latina no ha tenido un respiro. Durante décadas, ha sufrido golpes de Estado, fraudes electorales y asesinatos políticos. Las intervenciones militares parecían, al menos, historias de hemeroteca. Pero Estados Unidos decidió escribir un nuevo capítulo con el bombardeo de lanchas en el Caribe, primero, y el secuestro –algunos lo llaman captura– del dictador Nicolás Maduro, después. El venezolano, acusado de «narcoterrorismo» y encerrado en una prisión federal de Nueva York, será juzgado previsiblemente en 2027. En Caracas, mientras tanto, su número dos, Delcy Rodríguez, encabeza una administración supervisada y felicitada por el presidente Donald Trump.
A decir verdad, el interés del republicano no se limita a Venezuela, sino a todo lo que queda al norte y sobre todo al sur de Estados Unidos. La Casa Blanca se ha implicado en los procesos electorales del resto de la región, incluso con asistencia financiera a la Argentina de Javier Milei, y ha apoyado las candidaturas de varios hombres afines y finalmente victoriosos, como Abelardo de la Espriella en Colombia o Nasry Asfura en Honduras. Con todo, atribuir el giro regional a la derecha solo a la injerencia extranjera sería desmesurado. Lo que parece pesar más entre los latinoamericanos es el hartazgo ante la incapacidad de las administraciones previas, en muchos casos de izquierdas, para resolver los problemas de seguridad, desigualdad, servicios públicos y desarrollo económico de sus países. Como resultado, millones han emigrado y uno de cada tres de los que quedan desea marcharse.
Durante décadas, el británico Michael Reid ha observado estas rutinas y transformaciones a pie de calle, al principio como un joven reportero de The Guardian y la BBC en Lima, más adelante como corresponsal en México y Brasil y como editor de la sección dedicada a las Américas en The Economist. Recientemente Reid ha vendido su casa…
