Pocos acontecimientos recientes han influido en América Latina como el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Su segunda presidencia ha recuperado una doctrina que parecía enterrada, la que Monroe formuló en 1823 y que la posteridad resumió como “América, para los americanos”. Ahora, aquella doctrina reaparece dirigida contra la presencia china en la región y contra los gobiernos que desafían a Washington.
Que la doctrina no era una mera declaración de intenciones lo comprobó Nicolás Maduro cuando una unidad de élite estadounidense asaltó su residencia y lo trasladó a un centro de detención de Brooklyn. Casi nadie en la región, mucho menos en Venezuela, derramó una lágrima por él. Unos gobiernos lo celebraron y otros protestaron.
No hubo unidad para responder ante una intervención contraria al Derecho internacional que ningún gobierno habría tolerado. Como tampoco la hubo para presionar al dictador cuando se atribuyó fraudulentamente la victoria electoral. América Latina volvió a hablar con voces distintas, mientras los foros llamados a encauzar la discusión acumulan más siglas que hitos.
La XXX Cumbre Iberoamericana, convocada en Madrid para noviembre, ofrece algo tan modesto como valioso: un foro capaz de reunirlos a todos. La cita anterior, celebrada en Cuenca (Ecuador), terminó sin declaración unánime y con un único presidente latinoamericano en la sala, el anfitrión. A nadie beneficiaría repetir esa foto.
En Madrid debe prevalecer el interés de una comunidad de 22 países y más de 600 millones de personas llamada a cooperar en los foros internacionales y en la academia, en el desarrollo tecnológico e industrial, en la lucha contra el crimen y en la protección del medio ambiente. En un mundo cada vez más fragmentado e incierto, los pueblos iberoamericanos necesitan más unidad, y no menos, para hacer valer su voz y convertir ese capital común en capacidad…



