Las citas de los cómics de Alan Ford se hicieron muy populares entre los serbios, sobre todo entre las generaciones anteriores; pero todavía se heredan de una generación a otra. Existe una que se repite con particular frecuencia y que representa el actual momento político en Serbia: “Si quieres ganar, no debes perder”.
Algo tan obvio encierra más complejidad que una mera rivalidad de trincheras. No solo se trata de una sociedad que vive polarizada, sino también tensionada por diferentes estados de ánimo. Por un lado, cercada por un ciclo de protestas que se inicia en noviembre de 2024, pero cuya cronología se retrotrae años atrás entre manifestaciones contra la corrupción, la violencia política o las irregularidades electorales; por otro, una ciudadanía agotada, escéptica y temerosa se encuentra inmersa en un vórtice político de incertidumbre nacional e internacional tras más de una década de gobierno de Aleksandar Vučić.
El pulso de la opinión pública
Los datos de opinión pública sugieren que la oposición reúne más apoyos que el gobierno. Las cifras de meses anteriores basculan entre un 45% y un 60% de insatisfechos con el gobierno, mientras que los apoyos al Ejecutivo y a su líder, Aleksandar Vučić, computan alrededor del 35%-40%. Sin embargo, la encuesta más reciente de agosto de 2026, realizada por el International Republican Institute, reveló que un 48% de la población quiere estabilidad y continuidad, mientras que un 49% exige un cambio.
Aleksandar Vučić anunció que dimitirá como presidente de Serbia el 27 de septiembre para presentarse a las elecciones parlamentarias del 25 de octubre como candidato a primer ministro. Su partido lleva en el poder desde 2012, mientras que Vučić ha ocupado sucesivamente cargos de ministro, primer ministro o presidente desde 2014. Es la figura indiscutida de la política local: nadie ha acumulado tanto poder durante los años de transición posyugoslava.
Hasta la reciente disolución del Parlamento serbio, el bloque gubernamental ostentaba 155 escaños de 250. En etapas anteriores, el líder serbio había recurrido a los comicios con recurrencia para descabezar y debilitar a la oposición. Desde 2014 hasta 2023 se convocaron siete convocatorias entre elecciones parlamentarias y presidenciales, sin razones de peso que lo justificaran, mientras que en los últimos tres años no se habían celebrado a pesar de ser una reclamación constante de la oposición. Las circunstancias políticas en el país han cambiado y, dentro de la debilidad política mostrada durante el último año, este es el momento menos malo para los intereses del líder serbio.
El sistema político serbio es un modelo híbrido. No puede definirse plenamente como una democracia, según han señalado durante los últimos años diversos índices internacionales. En un informe del Centro de Belgrado para Políticas de Seguridad se establece que en el país hay una “represión controlada”. Según este estudio, el gobierno serbio sigue inmerso en una “consolidación autoritaria”. El nivel de resentimiento y desconfianza hacia el gobierno ha ido en aumento, entre otras razones por los casos de abusos y excesos de las autoridades. Por ejemplo, a principios de septiembre los medios se hacían eco de que al menos 14 personas en distintos puntos de Serbia habían sido blanco de un software espía, según la organización de derechos digitales SHARE foundation. Una tecnología prácticamente inaccesible por medios privados. El Gobierno rechazó tales acusaciones; el presidente las definió como “estupideces sin sentido» y el presidente del Tribunal Constitucional declaró: “¿Quién dice que el Estado serbio los haya espiado?”.
La indefinición geopolítica
El Parlamento europeo hace un año dictó una resolución crítica con la represión en el país. El pasado junio, una treintena de diputados de cinco familias ideológicas pidieron a la Comisión Europea que interviniera de urgencia para proteger a activistas, periodistas y estudiantes. La UE mantiene la presión diplomática sobre el país, pero no se han tomado medidas concretas que cambien los términos de la política local. Esta falta de concreción ha dejado huérfano de “europeísmo” a una parte importante de la sociedad civil, que observa la ausencia de mano dura con un país candidato a ingresar en la UE y donde el desapego hacia el proceso de adhesión está extendido entre más de la mitad de la población.
La posición de la UE respecto a Serbia oscila entre la crítica, la colaboración y la cercanía, a función de dos factores principales. El primer factor es que el Partido Progresista Serbio (Srpska Napredna Stranka) sigue siendo la fuerza política no solo más importante, sino también el principal interlocutor para reunirse con la diplomacia de la UE. Desde marzo de este año, el SNS ha salido victorioso en las diez localidades donde se celebraron elecciones locales. El partido de Vučić mantiene un control férreo de las instituciones y poderes estatales, aunque no goce del apoyo de la mayoría de la población.
El segundo es que Belgrado practica desde hace más de una década una política de estabilidad, como un actor relevante para la arquitectura de seguridad de la UE en el sudeste europeo, al tiempo que mantiene o estrecha sus relaciones con Rusia, China, EEUU u otros países según la coyuntura internacional. Esto explica que el país balcánico respete la integridad territorial ucraniana, no se sume a las sanciones contra Rusia, promueva y cultive la rusofilia en los medios progubernamentales, mientras que colabora con ayuda logística, financiera o militar con Ucrania. Volodímir Zelenski visitó Belgrado el pasado mes de agosto. Agradeció la asistencia prestada por Serbia y declaró que Kiev no reconocería la independencia de Kosovo.
Con motivo de la muerte de Ratko Mladić, Serbia rindió honores al criminal de guerra. El presidente no asistió al funeral, pero la recepción del féretro por una guardia de honor del Ejército serbio, sumada a las muestras de respeto de policías y partidarios que acudieron a las honras fúnebres, tuvo un fuerte impacto regional. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, expresó sentirse “horrorizada por las imágenes”. La comisaria de Ampliación Marta Kos señaló en sus redes sociales que: “Numerosos ciudadanos de Serbia y de la región me escribieron rechazando la glorificación de los criminales de guerra”. A ello se suma la condena, esta semana, del expresidente kosovar Hashim Thaçi, antiguo dirigente del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), a 25 años de prisión por crímenes de guerra. El clima de tensión provocado por la veneración oficial a la figura de Mladić y la condena a la cúpula del ELK devuelve al electorado a la memoria emocional de los noventa.
El reto de la oposición
Aunar voluntades ha sido el principal reto para la oposición que ha protagonizado el último ciclo de protestas, conformada por los estudiantes y sus simpatizantes. El movimiento representa una fuerza heterogénea con sensibilidades ideológicas incluso antagónicas (desde una izquierda liberal y cosmopolita hasta sectores de extrema derecha). Además, los estudiantes han buscado desvincularse de cualquier formación política, lo que les ha otorgado credibilidad, pero les ha restado proyección en las instituciones.
También han buscado ocupar espacio político fuera de Belgrado, haciéndose presentes en Novi Sad, Kragujevac o Niš. Al mismo tiempo, han incorporado a su discurso posiciones mayoritarias dentro de la sociedad serbia, como su memorándum sobre Kosovo, definido como “recordatorio de que nuestra lucha por Kosovo y Metohija es simultáneamente una lucha por nuestro honor, nuestra cultura y nuestro futuro”.
Esta semana se ha conocido la lista de 250 candidatos para los escaños que concurrirán bajo la Lista estudiantil – Los estudiantes vencen. Apenas algunos nombres resultan notorios para los votantes. La estrategia permite desprenderse del descrédito de la oposición por las derrotas y cuitas del pasado, pero corre el riesgo de no seducir a la masa crítica. En cualquier caso, la fragmentación de la oposición favorece los intereses del SNS; la falta de una agrupación única y la ausencia de un líder contrastado pueden ser un lastre electoral demasiado pesado. Y parece que el gobierno de Aleksandar Vučić tiene suficiente con no perder.

