Vamos a hablar de Sviatlana Tijanóvskaya. Pero para entender de dónde viene, y cuál es su lucha, y qué se propone, antes hay que detenerse en un apellido, Lukashenko, que para tantos está cosido al nombre de Bielorrusia como la dinastía Kim a Corea del Norte o el carcinoma de pulmón al tabaco. Para ser justos, la asociación está justificada. Nadie nacido en los años noventa puede recordar otro hombre al mando de la nación, porque no lo ha conocido. Aleksandr Lukashenko se instaló en el poder en 1994 y, si alguna vez le ha asaltado la tentación de soltarlo, la ha reprimido rápidamente.
Algunos analistas tienden a describir a Lukashenko como el último dictador de Europa, y no como un cumplido. Bielorrusia obtiene un siete sobre 100 en el índice de libertades de la organización Freedom House; mejor que Guinea Ecuatorial, Sudán del Sur o Eritrea, pero peor que Cuba, China, Arabia Saudí o Nicaragua. A veces, cuenta Lukashenko, bromea con Putin sobre “cuál de los dos es más dictador”. Ambos cultivan una amistad que funciona de la siguiente manera: uno ordena y otro obedece, y los roles no son intercambiables. Para celebración del bielorruso, el círculo de afinidades se ha ido ampliando. Por ejemplo, los Estados Unidos de Trump le han levantado sanciones económicas y desean cerrar acuerdos con sus empresas para importar la potasa (un fertilizante agrícola incluido en la lista de minerales críticos de Washington) que quiere dejar de comprar a Canadá.
Lukashenko, en resumen, parece disfrutar de una temporada tranquila. Pero hace no tanto, en 2020, era un dictador acorralado. A medida que empeoraba la vida del pueblo bielorruso, creció la popularidad de ciertos disidentes. Uno de ellos, el bloguero Serguéi Tijanovski, viajó a lo largo y ancho del país para recoger los testimonios del…



