Autor: Robert Skidelsky
Editorial: Yale Books
Fecha: 2018
Páginas: 512
Lugar: Estados Unidos

La economía como batalla por el diagnóstico

En Money and Government, Robert Skidelsky, historiador económico y biógrafo de John Maynard Keynes, presenta una ontología de la política económica atenta a las fuerzas históricas que producen las narrativas mediante las que se interpretan los hechos económicos.
LÍDIA BRUN
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Las ideas económicas no pueden separarse de las circunstancias históricas en las que surgen, florecen y decaen. Esta es una de las grandes lecciones de Capital en el siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty. Su libro venía a decir que el corpus teórico sobre el que se asienta la economía contemporánea está pensado para replicar unas regularidades empíricas que en realidad son una anomalía histórica. No, las sociedades no avanzan hacia un horizonte de progreso compartido en el que el crecimiento es estable y se reparte equitativamente entre los factores de producción que contribuyen a él. Lo «normal» es la inestabilidad, el estancamiento, y el incremento de la desigualdad.

La relación entre ideas y circunstancias, sin embargo, es compleja. Los hechos se tienen que interpretar. Frente a unos mismos hechos –por ejemplo, la expansión del comercio y el crecimiento económico del siglo XIX– nos podemos preguntar si fueron consecuencia de la disciplina económica de la época –patrón oro, liberalización comercial, austeridad fiscal– o de condiciones favorables, como unas economías socialmente elásticas (sin sufragio universal, con mucha emigración) y patrones de comercio y finanzas centro-periferia, basados en la expansión de los imperios europeos. Las ideas que esas distintas interpretaciones consolidan se convierten en fuentes independientes de autoridad.

En Money and Government, Robert Skidelsky, historiador económico y biógrafo de John Maynard Keynes, presenta una ontología de la política económica atenta a las fuerzas históricas que producen las narrativas mediante las que se interpretan los hechos económicos. Explicar la historia de una ciencia que no cuenta con una trayectoria de acumulación progresiva de conocimiento, sino más bien con cambios de paradigma bruscos, no es una tarea sencilla. Especialmente tras casi cuatro décadas de Gran Moderación, en la que todo parecía funcionar de forma fluida y la teoría parecía definitiva, bajo la «pax americana».

Después del colapso financiero de 2008, parece que lidiamos con la resaca de una noche que queremos olvidar. Sin embargo, las ideas que cristalizaron ayer siguen siendo prescriptivas para los gobiernos de hoy. Como dijo Keynes, antes o después son las ideas, no los intereses sesgados, los que permanecen para bien o para mal.

Skidelsky presenta una dialéctica entre dos visiones económicas opuestas, la clásica y la keynesiana. Cada una cuenta con antecedentes y réplicas a lo largo de cuatro siglos de política económica. La disputa se centra en dos cuestiones no resueltas por la teoría económica: qué es el dinero y cuál es el rol del gobierno. Estas dos cuestiones son eminentemente políticas, porque encarnan conflictos redistributivos, y tienen que ver con cómo se maneja la economía a través de la política monetaria y fiscal. Además están íntimamente relacionadas: discrepancias sobre el origen del dinero se trasladan a las prescripciones sobre cómo manejarlo y cómo el gobierno debería gastarlo.

La del origen del dinero es una de las mitologías más inverosímiles de la teoría económica clásica. En la facultad se explica que los intercambios económicos se producían originalmente a través del trueque. Pero esto era un engorro, porque si yo quería naranjas y producía zapatos, tenía que buscar a un agricultor que quisiera mi calzado. Así que un día alguien muy inteligente propuso –o surgió de forma orgánica y natural, como tantas otras cosas en la teoría clásica– una medida independiente de naranjas y zapatos, que todo el mundo aceptaría en el intercambio como unidad contable de referencia.

En su libro, Skidelsky apunta que esta leyenda obvia cualquier rol que pudiera tener el Estado o el poder de la época en su creación. También encierra la contradicción de asegurar que el dinero es poco más que un lubricante para el comercio, pero al mismo tiempo es tan peligroso que hay que preservarlo del alcance de los gobiernos. Antes, el control de la masa monetaria se reguló a través del patrón oro. En la actualidad, a través de bancos centrales independientes.

Skidelsky repasa la historia y sus distintas teorías económicas, como la Ley de Say, la teoría cuantitativa del dinero, la dicotomía clásica, o la equivalencia ricardiana, a través de la lente de esta pregunta persistente: ¿es el dinero un mero lubricante o una mercancía en sí? Si es una mercancía, ¿quién la produce y quién la controla? Cada vez es más aceptada la teoría de que el dinero es crédito, y por tanto representa sobre todo una relación de continuidad entre el presente y el futuro. Por eso, el dinero no sólo actúa como unidad de medida e intercambio, sino como resguardo de valor frente a la incertidumbre. Los agentes económicos lo gastan o lo acumulan en función de necesidades y expectativas. Por eso las fluctuaciones en su velocidad de intercambio (es decir, en la liquidez del mercado) son erráticas y generan inestabilidad. Los bancos centrales son importantes para proveer liquidez, pero no pueden controlar la demanda de dinero; son los Estados, y su capacidad de regulación y gasto, los agentes fundamentales para la estabilidad.

 

Revolución keynesiana

A través de la historia entendemos cómo la teoría macroeconómica se relaciona con la ideología política. Y esta, a su vez, está influenciada por una estructura de poder preocupada por reproducirse. Una de las cuestiones más obviadas en esta resaca ideológica que produjo la Gran Recesión es la debilidad estructural de los poderes públicos democráticos frente al poder del sector financiero. El gobierno rinde cuentas a la ciudadanía, pero no así los acreedores, que son quienes determinan los términos y condiciones con las que se produce y se distribuye este bien público por antonomasia llamado dinero. En esta relación dialéctica entre teoría, práctica y política, la revolución keynesiana permitió ampliar el espacio para la intervención del gobierno en la economía. Por el contrario, señala Skidelsky, el mayor servicio que hace la teoría neoclásica al poder es hacerlo invisible.

La derrota intelectual de la izquierda en el consenso de la teoría económica ha permitido que se hegemonizara una visión del mundo según la cual la política debe ser restringida por normas fiscales y la herramienta de política económica principal debe ser la monetaria. Es necesario disputar estas ideas para recuperar el margen de maniobra político que permita al Estado priorizar, por ejemplo, la eliminación del desempleo sobre la reducción de la deuda pública. Quien controla la interpretación de los hechos controla la narración que dibuja los horizontes de lo posible. Esta maravillosa combinación de historia y teoría de Skidelsky es una herramienta imprescindible para empezar a disputarlo.