Había una cita en el horizonte cargada de simbolismo. Inicialmente prevista para el 22 de julio, la segunda cumbre entre ambas partes se ha aplazado indefinidamente por la dimisión del primer ministro, Keir Starmer. La pregunta que sobrevolaba el aniversario era si ese encuentro podía convertirse en un punto de inflexión que relanzara la relación o si quedaría reducido a una ceremonia de acuerdos tácticos. El contexto geopolítico empuja hacia el relanzamiento, pero la política británica sigue cargada de minas.
Las razones para el relanzamiento son de primer orden. La segunda presidencia de Donald Trump ha debilitado la certidumbre sobre la disposición de Estados Unidos a defender a sus aliados europeos. El momento es particularmente delicado para el continente, con una guerra en Ucrania que supera los cuatro años y una autonomía europea en defensa todavía por construir.
Además de la seguridad, está la economía. El Centre for European Reform calcula que el Brexit ha reducido un 12% las exportaciones británicas a la UE y atribuye el grueso de ese daño a la salida del mercado único, más que a las barreras aduaneras. El golpe al PIB se estima entre el 4% y el 8%.
La tercera razón es…
