Aunque no es tan lucrativo como el narcotráfico o la minería ilegal, el tráfico de especies salvajes se está convirtiendo en un negocio multimillonario que amenaza aves, reptiles, anfibios, felinos y primates, dispersos desde el desierto de Sonora a los bosques tropicales, amazónicos y patagónicos, hábitats naturales de raros ejemplares que se venden, si sobreviven, en Asia, Europa y América del Norte.
Monos, felinos, tortugas, caimanes y ranas son las mayores víctimas del negocio. De 10 aves capturadas, solo una o dos sobreviven a los trayectos a los que son sometidas. Según estimaciones del Servicio Forestal y de Fauna Silvestre peruano, a escala mundial, el tráfico ilegal de fauna salvaje mueve entre 7.800 y 10.000 millones de dólares al año. Como ejemplo, por un guacamayo los comerciantes pagan hasta 227 dólares.
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