El lanzamiento de la misión Artemis II de la NASA, que llevó a cuatro astronautas a 406.773 km de la Tierra –más lejos que nadie– en un viaje de diez días, fue descrito por muchos medios como “el regreso de la humanidad” a la Luna, evocando el 20 de julio de 1969, cuando Neil Armstrong pisó su superficie ante 650 millones de espectadores.
Aquella fue una imagen asociada a la promesa de progreso. Pocas escenas simbolizan mejor ese momento que la fotografía de la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar captada por Bill Anders durante la misión Apolo VIII.
Pero ese contexto histórico ya no existe. Durante la Guerra Fría, la carrera espacial estuvo acompañada de un cierto consenso normativo que permitió a Estados Unidos y la Unión Soviética firmar tratados como el Antártico (1961) y el del Espacio Exterior (1967), que declaraban estos ámbitos patrimonio de la humanidad y los mantenían libres de armas de destrucción masiva, instalaciones militares y explotación económica.
Al igual que el aire o los mares, el espacio se concebía como un bien común global (global commons) compartido por toda la comunidad internacional. Ese marco se está erosionando rápidamente. La creciente competencia entre…
