Es fácil comprender por qué una severa crisis política y social en Bosnia y Herzegovina –incluida la amenaza de secesión de una parte de su territorio– debe ser tomada muy en serio por la comunidad internacional y por la Unión Europea en particular. Recientemente se han cumplido 25 años del genocidio de Srebrenica, que horrorizó y avergonzó al mundo por no haber hecho lo suficiente para evitarlo.
En las últimas semanas se han repetido tensiones que evocan las peores memorias en la región. Hoy la reconciliación en Bosnia parece una quimera. Las heridas del genocidio que terminó con la vida de 8.300 bosnios musulmanes siguen muy abiertas. La UE, principal actor político en la zona junto a la OTAN y Estados Unidos, que ha influido sobre el país en los últimos 25 años, pierde fuelle en una nueva prueba sobre su capacidad de actuar en su propio vecindario.
La República…

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