En Bruselas, la expresión “going full Carney” –algo así como echarse al monte– define a políticos que, como el canadiense, prefieren enfrentarse a Donald Trump antes que ceder a sus presiones, conscientes de que la alternativa podría ser peor.
Carney, que creció en Edmonton, la capital de Alberta, antes de presidir los bancos centrales de su país y de Reino Unido, invoca la identidad común y el modelo social de los canadienses para unirlos frente a los aranceles –de hasta el 50% al acero y aluminio y del 25% a los automóviles– y las amenazas anexionistas de Trump.
La campaña suscitó inquietud por la posible influencia estadounidense, después de conocerse contactos entre dirigentes separatistas y operadores políticos vinculados al entorno republicano, a los que se sumaron declaraciones favorables a la independencia de Alberta desde Estados Unidos. Según varios medios canadienses, los separatistas de Alberta se reunieron con operadores republicanos vinculados a 10X Votes y otras plataformas digitales ultraconservadoras de EEUU para ofrecerles regalías petroleras y derechos sobre el agua a cambio de su apoyo a la secesión.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, expresó su apoyo a la causa separatista y anticipó que Alberta, de donde procede buena parte del petróleo que EEUU importa de Canadá, sería un “socio natural” de Washington. Elon Musk, que tiene pasaporte canadiense, pidió a Alberta, Saskatchewan y Quebec salir de la federación, que tanto liberales como conservadores defienden con firmeza.
El referéndum celebrado en Alberta ha supuesto un importante respaldo a la unidad canadiense y al primer ministro, Mark Carney. Cerca de tres de cada cuatro votantes rechazaron la independencia de esta provincia, tradicional bastión conservador y uno de los principales motores económicos del país gracias a sus recursos energéticos.
La consulta se celebró en un contexto de tensiones con Estados Unidos, agravadas por la política comercial y las declaraciones expansionistas de Donald Trump. Las amenazas de anexión y los aranceles impuestos por Washington han reforzado el sentimiento nacional canadiense, incluso en regiones donde el descontento con el Gobierno federal había alimentado históricamente las reivindicaciones autonomistas y separatistas.
Alberta, que concentra una parte fundamental de la producción de petróleo y gas de Canadá, mantiene una relación compleja con Ottawa. Sus sectores conservadores han denunciado durante años que las políticas federales sobre energía, fiscalidad y medio ambiente perjudican los intereses provinciales. La primera ministra de Alberta, Danielle Smith, ha defendido una mayor autonomía frente al poder federal, aunque el resultado del referéndum ha puesto de manifiesto los límites del independentismo.
La campaña también estuvo marcada por las denuncias de injerencia estadounidense. Diversas informaciones señalaron la participación de grupos vinculados al movimiento conservador de Estados Unidos, entre ellos 10X Votes, en iniciativas favorables a la separación. Las intervenciones de figuras como el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, y el empresario Elon Musk alimentaron la polémica sobre la influencia de Washington en el debate político canadiense.
Para Carney, el resultado representa una victoria política en un momento de incertidumbre económica y geopolítica. El primer ministro ha tratado de convertir las presiones estadounidenses en un argumento a favor de la cohesión nacional y de la diversificación comercial. Su Gobierno busca reducir la dependencia del mercado estadounidense y reforzar las relaciones económicas con otros socios internacionales.
La cuestión energética ocupa un lugar central en esa estrategia. Canadá dispone de importantes reservas de hidrocarburos y aspira a ampliar su capacidad exportadora, especialmente de gas natural licuado. Los proyectos de inversión en infraestructuras energéticas, entre ellos iniciativas vinculadas a Shell, reflejan el interés por acceder a mercados distintos del estadounidense y aprovechar la demanda internacional.
Sin embargo, la derrota del independentismo en Alberta no elimina las tensiones territoriales. En Quebec, donde el soberanismo cuenta con una trayectoria mucho más consolidada, el Partido Quebequés (PQ) ha recuperado protagonismo político. Su avance electoral, con el 27,9% de los votos, demuestra que la cuestión nacional continúa siendo uno de los grandes desafíos de la federación canadiense.
La experiencia de Quebec y Alberta responde a realidades históricas, culturales y económicas diferentes. Mientras el nacionalismo quebequés se apoya en una identidad lingüística y cultural diferenciada, las reivindicaciones de Alberta están estrechamente ligadas a la distribución de recursos, la fiscalidad y las políticas energéticas. Ambas expresan, sin embargo, las dificultades de conciliar los intereses provinciales con las prioridades del Gobierno federal.
El resultado del referéndum ofrece a Carney un margen político para defender la unidad del país frente a las presiones exteriores. Pero también le obliga a atender las demandas de una provincia que, pese a rechazar la independencia, mantiene profundas discrepancias con Ottawa. La fortaleza del federalismo canadiense dependerá tanto de su capacidad para resistir las presiones de Estados Unidos como de su habilidad para acomodar esas diferencias internas.
