La economía china lleva años en fase de transición y 2026 no es una excepción, aunque sí presenta una complejidad mayor que en ejercicios anteriores. El país sigue inmerso en su “aterrizaje suave”, que a estas alturas puede considerarse un éxito por su resiliencia ante las continuas crisis. Sin embargo, la composición de ese crecimiento dista de ser la deseada por Pekín, con una elevada dependencia del sector exterior y una demanda interna débil, aquejada de presiones deflacionistas persistentes y crecientes vulnerabilidades estructurales.
Los últimos datos apuntan a una economía que crece en torno al 5%, en línea con el objetivo oficial y dos puntos por encima del crecimiento global. La producción industrial muestra un comportamiento aún más dinámico, con un crecimiento interanual superior al 6% en los primeros meses del año, impulsado en particular por sectores de alta tecnología y manufacturas avanzadas. Por el contrario, el sector inmobiliario continúa siendo un foco de debilidad estructural: la inversión sigue en contracción y los precios no muestran una recuperación clara, lo que limita la riqueza de los hogares y, con ello, el consumo.
El conflicto en Oriente Medio añade un nuevo factor de incertidumbre. Aunque China ha diversificado parcialmente sus fuentes…
