Desde que en 1959 los hermanos Fidel y Raúl Castro instauraron su régimen, Cuba es el país más sancionado de la historia moderna. No han servido de mucho, entre otras cosas por la astuta explotación que para legitimarse ha hecho siempre el castrismo de la figura del “apóstol de la independencia”, José Martí, y los mitos y leyendas de las guerras anticoloniales de los “mambises”, que los niños “pioneros” aprenden desde la escuela primaria.
La pasión anticastrista del exilio cubano en Florida, que ahora tiene a uno de los suyos, Marco Rubio, al frente del Departamento de Estado, no ha sido menos intensa. Gracias a la presión de sus congresistas, según la ley Helms-Burton, solo el Congreso puede cambiar el embargo/bloqueo.
En su primer mandato, Trump restituyó a Cuba en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, restringió remesas, vuelos y todo tipo de intercambios bilaterales. Esta vez ha eliminado los “paroles” humanitarios, programas de visas y de refugiados y la reunificación familiar. Trump y Rubio creen, sin embargo, que aún hay margen para aumentar la presión. Tras la captura de Nicolás Maduro, el castrismo es más vulnerable que nunca, aislado y con una economía desfalleciente.
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