Si, como sostiene una sentencia atribuida a Auguste Comte, “la demografía es el destino”, las actuales cifras de natalidad, esperanza de vida y tasa de población activa revelan que la región atraviesa una drástica transformación demográfica que tendrá múltiples –y perdurables– consecuencias políticas, económicas y sociales. En los años sesenta, la tasa de natalidad regional rondaba el 6,0, el triple de la de reemplazo (2,1) y solo superada por la de algunos países africanos.
Hoy la media es de 1,8, un desplome con escasos precedentes mundiales por su celeridad y la brevedad del lapso en el que ha cambiado la pirámide poblacional. Los efectos económicos son cada vez más visibles en los impuestos, las pensiones, el crecimiento y la propia vida cotidiana de 671 millones de personas que viven en países que desde 2015 apenas han crecido un 1,5% anual de media.
El tamaño, estructura de edad y tasa de crecimiento demográfico determinan el futuro a largo plazo de una sociedad. Las bajas o altas tasas de natalidad revelan escenarios predecibles y hasta inevitables.
En el siglo pasado la población regional se multiplicó por nueve tras crecer a una tasa que duplicó la media mundial. Aun así, salvo Oceanía,…
