Donald Trump ha insistido en que Estados Unidos “necesita” Groenlandia para su seguridad nacional y no ha descartado ninguna opción para garantizar el control de un territorio que considera clave en la competencia estratégica con Rusia y China. Poco después, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, fue aún más explícito: Groenlandia figura ya entre los espacios cubiertos por el llamado “corolario Trump” de la doctrina Monroe, y Washington se reserva el derecho a recurrir al uso de la fuerza si fuera necesario. El objetivo declarado es anexionar la isla bajo un estatus territorial similar al de Guam o Puerto Rico.
La respuesta europea ha sido firme. Dinamarca reiteró que Groenlandia no está en venta y recordó que cualquier alteración de su estatus vulneraría principios básicos del derecho internacional y de la propia OTAN. Finlandia y Noruega, actores centrales del Alto Norte tras la ampliación de la Alianza Atlántica, expresaron su inquietud por la normalización de un lenguaje abiertamente coercitivo en una región que durante décadas había sido gestionada mediante cooperación multilateral. Bruselas ha subrayado que la soberanía de Groenlandia y el derecho de sus habitantes a decidir su futuro no son negociables, y advirtió de que el Ártico no puede convertirse en un escenario de hechos consumados.
En 2009, Andrew Leslie, entonces comandante del ejército canadiense, bromeó diciendo que, si algún país invadía el norte de Canadá, la principal misión de sus fuerzas sería rescatar a los propios invasores. Aquella ironía reflejaba una percepción hoy desaparecida. En el Ártico —al igual que en los casquetes polares— el equilibrio se está derritiendo. La superficie cubierta por hielo en el Ártico es hoy un 39 % menor que en 1980, como consecuencia de un aumento de las temperaturas en el Polo Norte entre dos y tres veces superior al registrado…