Desde comienzos de siglo, Vladimir Putin ha tratado de articular una red flexible de alianzas políticas, militares y energéticas que, con distintos grados de formalización, se extiende desde el Levante y el Cáucaso hasta el Sahel y el Caribe. Aunque le ha servido como instrumento de influencia internacional y como respuesta asimétrica frente a Occidente, el coste de la campaña ucraniana está tensionando ese modelo.
Según estimaciones del US Naval War College, Moscú está dedicando hoy en torno al 8% de su PIB al gasto militar, un nivel excepcional desde la Guerra Fría. Esta movilización de recursos explica que el país mantenga capacidades propias de una gran potencia, pese a que su economía, en términos nominales se sitúe por debajo de la italiana, la brasileña y otras economías medias del G20.
Mientras que la economía china es 10 veces mayor, Rusia dispone de unas 20 veces más armas nucleares. El problema para Moscú no es tanto su capacidad de disuasión estratégica como la dificultad creciente para sostener compromisos de seguridad convencional de manera simultánea en múltiples regiones.
Armenia lo comprobó en septiembre de 2023, cuando Azerbaiyán lanzó una ofensiva relámpago que forzó la rendición de las autoridades armenias de Nagorno…
