En la antigua Roma, el procónsul ejercía autoridad sobre una provincia en nombre de la República. La figura sirve para describir una práctica recurrente en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina: la intervención de algunos embajadores estadounidenses en decisiones políticas y debates internos de los países donde están destinados.
La influencia de los representantes estadounidenses en América Latina no comenzó con Trump. Durante la Guerra Fría, Washington recurrió a la presión diplomática, la ayuda económica y la cooperación militar para influir en la orientación de los gobiernos de la región. La actual política recupera esa tradición intervencionista, aunque emplea también instrumentos administrativos como la revocación de visados.
Según el New York Times, el Pentágono prevé desplegar unos 600 efectivos en Panamá, Colombia y Honduras para participar en maniobras conjuntas. Pero es Venezuela la que ofrece el ejemplo más significativo de la capacidad de intervención de Washington. A pesar del regreso de María Corina Machado a Caracas el 25 de octubre, tras las gestiones estadounidenses, la cooperación con el gobierno de Delcy Rodríguez ha puesto de manifiesto hasta qué punto Washington condiciona el proceso venezolano.
Los diplomáticos de carrera solían ejercer su influencia con discreción, conscientes de las susceptibilidades que podía despertar. Recientemente, los embajadores estadounidenses en Perú, Bernie Navarro, y Chile, Brandon Judd, han intervenido públicamente en asuntos internos sensibles. Sus declaraciones coinciden con debates parlamentarios sobre el alcance jurídico del llamado Escudo de las Américas, una iniciativa regional de cooperación contra el narcotráfico…
