Dos siglos tras su descubrimiento, la Antártida, de 14 millones de kilómetros cuadrados, sigue siendo una anomalía geopolítica. En su territorio coexisten países con reivindicaciones formales y otros que no plantean ninguna, e incluso persisten amplias zonas sin reclamar, al menos por ahora.
El continente helado es también el único en el que nunca se ha librado una guerra. A diferencia del Ártico, donde existe un vacío jurídico más acusado, en la Antártida rige el Tratado Antártico (1961) ratificado por 54 países. Este acuerdo prohíbe la presencia militar, congela las reivindicaciones territoriales e impide formular nuevas, al tiempo que limita la actividad a la investigación científica “en beneficio de la humanidad”. Concebido en plena Guerra Fría, fue diseñado sin fecha de expiración, creando un marco deliberadamente estable.
Cualquier modificación del tratado requiere el respaldo suficiente para convocar una conferencia de revisión. El hecho de que nunca se haya producido indica que, hasta ahora, ningún actor ha tenido interés en alterar el statu quo.
Sin embargo, ese equilibrio comienza a mostrar tensiones. Durante el verano austral, ciudades como Ushuaia y Punta Arenas se convierten en centros logísticos clave, reflejo de una creciente actividad en torno al continente. Para el comercio…
