INFORME SEMANAL DE POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 1451

Exclusión con nueva interfaz

En la región latinoamericana es habitual ver repartidores en bicicleta con mochilas al hombro esperando los mensajes con los destinos de sus paquetes. El ‘delivery’ no es solo uno más de los trabajos de la llamada ‘gig economy’, basada en plataformas digitales que conectan a trabajadores con potenciales clientes.

Desde la pandemia, la llamada economía “colaborativa” está creciendo a tasas exponenciales en la región, donde en torno a 47 millones de personas, de una población activa de 330 millones, trabajan ya de ese modo, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Sus ocupaciones ofrecen independencia y horarios flexibles. Quien, por ejemplo, trabaja para Uber o Rappi elige cuándo y cuánto tiempo quiere trabajar. En las aplicaciones, jóvenes sin experiencia, inmigrantes con dificultades para convalidar títulos, madres solteras y muchos otros encuentran una forma rápida y fácil de generar ingresos evitando los filtros y regulaciones del empleo formal. Varias plataformas ofrecen trabajos para nómadas digitales de países ricos que eligen vivir en Medellín o Montevideo para duplicar –o triplicar– su poder adquisitivo en relación a Boston, San Francisco o Milán. 

Sus críticos denuncian, sin embargo, que la “gig economy” –que según el Banco Mundial emplea a 435 millones a escala global– es una nueva forma de precarizar el empleo: sin vacaciones, contratos, seguro social, bajas médicas… Según la OIT, en la región el 40% de la fuerza laboral de la “gig economy” no cotiza en ningún tipo de sistema de seguridad social. Brasil, Uruguay y México, entre otros, están tratando…

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