Como tantas veces ha ocurrido en escenarios de fuerte asimetría, al débil le basta con resistir sin poner la rodilla en tierra, mientras que todo lo que no sea una victoria inapelable para el fuerte se traduce en un fracaso estratégico. Y esa es, en buena medida, la situación que empieza a perfilarse en Oriente Medio, especialmente para EEUU.
Los recientes intentos de abrir una vía diplomática han terminado en punto muerto. Washington trasladó a Teherán una propuesta de alto el fuego que incluía limitaciones al programa nuclear y a sus capacidades misilísticas, así como garantías sobre la seguridad del tráfico energético. Irán la rechazó por considerarla inasumible, reclamando el fin de las hostilidades, compensaciones por los daños sufridos y el reconocimiento de su soberanía estratégica en la región, incluido su papel en el estrecho de Ormuz. El resultado es un bloqueo negociador que mantiene el conflicto en una dinámica de escalada contenida.
A pesar del castigo acumulado durante años por efecto de las sanciones internacionales, así como de la Guerra de los Doce Días y de la campaña iniciada hace un mes por decisión de Benjamin Netanyahu y Donald Trump, Irán no ha agotado sus bazas. Lo demuestra…
