Eso no significa descarta una nueva escalada militar, pero sí abre una oportunidad real para reconducir la situación hacia la mesa de negociación.
Salvo un nuevo giro abrupto derivado de la imprevisibilidad de Donald Trump, lo ocurrido desde el inicio de la operación Furia Épica deja una conclusión clara: la fuerza bruta empleada por Washington y Tel Aviv, violando la legalidad internacional al atacar Irán, no ha servido para alcanzar ninguno de sus objetivos. No han conseguido derribar un régimen tan corrupto y represor como resistente, capaz de sobrevivir a casi medio siglo de presión externa. Más aún, la guerra y la eliminación del líder supremo, Ali Jamenei, han acelerado la transformación del sistema iraní en una dictadura militar todavía más radicalizada, con los pasdarán convertidos en el principal actor político, económico y militar del país.
Paradójicamente, Teherán sale de esta fase inicial con una baza adicional: el control efectivo del estrecho de Ormuz, convertido ahora en instrumento de presión y negociación. Ese factor refuerza su posición en cualquier diálogo futuro.
Tampoco puede sostenerse que los ataques hayan destruido el programa nuclear iraní, pese a las afirmaciones triunfalistas de Washington y Tel Aviv. Irán mantiene sin localizar más…
