Benjamin Netanyahu, que durante años se presentó como el “Señor Seguridad”, busca renovar su mandato mientras afronta tres procesos penales por corrupción ante el Tribunal de Distrito de Jerusalén. La permanencia en el cargo no le garantiza inmunidad judicial, pero le permite conservar una posición política desde la que afrontar esas causas.
La primera tormenta es interna y tiene como punto de partida los ataques perpetrados por Hamás y la Yihad Islámica Palestina el 7 de octubre de 2023. La cuestión de la responsabilidad política del primer ministro por el fracaso de seguridad de aquel día ha vuelto al centro de la campaña tras una investigación publicada en septiembre por Haaretz.
Según el periódico, el presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed, habría advertido a Netanyahu antes del ataque de que Hamás preparaba una operación de gran envergadura. Netanyahu niega haber recibido ese aviso, pero la revelación ha reavivado las exigencias de la oposición de constituir una comisión estatal independiente que investigue los fallos del 7 de octubre. Netanyahu, en cambio, ha ofrecido una comisión alternativa cuyos miembros serían designados por los partidos de la Knéset, una fórmula que sus adversarios rechazan.
La segunda tormenta, ligada a la primera, es la extensión de la violencia en Gaza y Cisjordania y de las operaciones militares israelíes en Líbano, Siria e Irán. Netanyahu presenta el uso de la fuerza como una respuesta necesaria a las amenazas contra Israel, aunque su actuación ha suscitado graves cuestionamientos sobre el respeto del derecho internacional. Sus adversarios, con Gadi Eisenkot a la cabeza, tampoco proponen necesariamente una ruptura en materia de seguridad, pese a sus discrepancias sobre la gestión política y militar del Gobierno.
La controversia sobre la representación política de los ciudadanos árabes israelíes ha añadido tensión a la campaña. El Comité Electoral Central decidió excluir de la contienda a Ra’am y a la Lista Conjunta, formaciones que representan a sectores de la población árabe palestina con ciudadanía israelí, estimada en torno al 20% del total. Ambas decisiones fueron posteriormente revocadas por el Tribunal Supremo, lo que permitió su participación electoral.
En este contexto, los movimientos de la aviación militar israelí en la región registrados el día 19 han alimentado las especulaciones sobre una nueva escalada con Irán. Aunque no esté demostrado que se tratase de un ensayo de ataque contra Teherán, una nueva ofensiva también dependería de las decisiones de Washington, donde Donald Trump afronta las elecciones legislativas de noviembre.
Ningún partido parece en condiciones de alcanzar por sí solo la mayoría absoluta de 61 de los 120 escaños de la Knéset. Las encuestas dibujan una competición ajustada entre Benjamin Netanyahu, al frente del Likud, y Gadi Eisenkot, antiguo jefe de las Fuerzas de Defensa Israelíes y líder de Yashar. Con un umbral electoral del 3,25% de los votos y una única circunscripción nacional, la representación parlamentaria suele quedar repartida entre varias fuerzas. Los partidos ultraortodoxos y ultranacionalistas podrían volver a ser decisivos para formar una coalición e influir en su programa, en cuestiones como los asentamientos en Cisjordania, la relación entre religión y Estado o la política hacia los palestinos.
Más allá de las diferencias entre candidatos, existe una amplia oposición al reconocimiento de un Estado palestino entre las principales fuerzas políticas israelíes, aunque no todas comparten las mismas posiciones sobre Gaza, Cisjordania o una eventual negociación. Por ello, una derrota de Netanyahu no implicaría necesariamente un cambio profundo en la política hacia los palestinos. Las rivalidades personales y la fragmentación parlamentaria pueden, además, alargar la formación de gobierno. Una vez que el presidente del Estado encargue esa tarea a un diputado, este dispondrá de 28 días, ampliables en otros 14. Si no logra formar una coalición, la legislación prevé otros procedimientos antes de llegar a una nueva convocatoria electoral.
Queda por ver quién encabezará el próximo gobierno israelí. Netanyahu, el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo desde 1948, aspira a prolongar su trayectoria política. Eisenkot intenta presentarse como alternativa, pero una eventual alternancia no garantiza por sí sola un cambio de rumbo. La guerra regional, la relación con Estados Unidos y el futuro de los palestinos seguirán condicionando la política israelí después de las urnas.
